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“LA BALLENA AZUL”. PELIGROSO. NO ES UN JUEGO. ALERTA PARA PADRES.

En los últimos días circularon artículos y comentarios acerca de un “juego” llamado “La ballena azul” en los cuales se advierte del peligro que representa para niños y adolescentes. El “juego” consiste en que se deben “superar” pruebas como autoinfligirse dolor, realizar situaciones riesgosas, hasta llegar a saltar desde un balcón con la intención de suicidarse. En dichos artículos se menciona la propagación de grupos y comunidades en las redes que tienen que ver con este juego. También se relaciona a este fenómeno con algunos suicidios de adolescentes en distintas partes del mundo y en nuestro país. Esta noticia causó mucho impacto ya que pone de relieve el debate acerca del uso de la tecnología por parte de la población adolescente, el lugar de los padres y la cuestión de la ideación suicida en una etapa de la vida como es la adolescencia. Es muy reciente y todavía se está investigando con lo cual es importante aclarar que realizaré una reflexión teniendo como disparador el “juego de la Ballena azul”.

En primer lugar me pregunto si se trata de un juego. Desde la perspectiva del psicoanálisis, el juego tiene que ver con la creatividad, el placer, la puesta del cuerpo, la creación de escenas, la fantasía, el uso de objetos con la finalidad de armar la escena lúdica. El jugar es desde la primera infancia una capacidad que se va construyendo y que propicia el desarrollo del psiquismo. El juego nos acompañará toda la vida, tomando diferentes formas según los tiempos y las culturas, pero siempre tendrá que ver con una actividad transformadora, creativa, espontánea, que ayuda a crecer y a compartir con otros.

El formato de “La ballena azul” por el contrario, pareciera presentar una estructura mecánica en la cual un adolescente es guiado por otro (¿adolescente? ¿adulto?) quien le indica las pruebas a realizar a través de las redes sociales. Nada más lejano a lo espontáneo del juego, ya que se trata de alguien sometiéndose ¿para jugar? a las órdenes de otro que le indica cuáles situaciones deberá atravesar para ¿superar? el desafío. Esta dinámica tiene más que ver con una cuestión ligada a lo gozoso de obedecer los designios de otro (que pide sin freno) que al placer que puede generar un juego. El juego siempre será incompleto, porque está ligado al tiempo de la falta, del deseo, del encuentro con otros.

Los adolescentes juegan, necesitan jugar, porque es uno de los ámbitos de encuentro entre pares, el intercambio con los semejantes se realiza en el contexto de cambios a nivel corporal, en un momento en que determinadas zonas del cuerpo comienzan a cobrar otro valor, y el cuerpo del otro pasa a ser un referente.

En la infancia la dependencia hacia los padres es absoluta, en cambio en la adolescencia los padres tienen otro lugar, más distante pero no menos importante, ya que son quienes enmarcan los desbordes propios de este momento vital. Cuando aparecen noticias tan penosas como suicidios de jóvenes comienzan los debates acerca de qué posición deben tomar los padres frente a sus hijos respecto al uso de las redes sociales, internet, la tecnología. Los psicoanalistas, como agentes de salud, somos consultados y se nos pregunta cómo detectar señales de alerta para prevenir que ocurra un fenómeno de estas características. Si bien no hay fórmulas cuando se trata de crianza, creo que tenemos algo que aportar desde nuestra práctica, en el sentido al menos de esclarecer y alentar vínculos familiares que promuevan el diálogo, el cuidado (en lugar del control), la ternura (y no el juzgar), la confianza.

Por último me parece importante mencionar que si bien en la adolescencia es universal el pasaje por momentos de tristeza, aislamiento, poco entusiasmo, desorientación vocacional, fantasías ligadas a la muerte, hay que poder distinguir esto de cuestiones emparentadas a la melancolía o distintas patologías. Esta diferencia no siempre es clara y se hace imprescindible recurrir a agentes de salud que puedan realizar un diagnóstico acertado sobre la situación por la que está atravesando ese adolescente en particular, y siempre se tendrá en cuenta su contexto familiar.

“La Ballena Azul” no es juego es una metáfora. La tristeza es azul (blue en inglés) y es un estado de ánimo profundo y recurrente en muchos chicos. Tenemos que recuperar la capacidad de jugar y de intercambiar opiniones, de pasar tiempo de calidad con niños y adolescentes, para que “las ballenas” no sigan encallando y mueran de tristeza.

 

Micaela Abad. Psicoanalista