Santo en la Web y en la Red
Invitado

El mediático caso Latorre

Sexo, Mentiras y Video. El mediático caso Latorre y una reflexión sobre lo Obsceno.

Hace unos años vi una película que me conmovió mucho, Le noms des gens (acá se estrenó como Los significados del amor), en la que un hombre y una mujer se enamoran aún con grandes diferencias ideológicas. El personaje de ella es una chica espontánea, activista a favor de los inmigrantes, aferrada a los años 70, en cambio él es un conservador, estructurado, de origen judío. Así como ella le aportaba a él una frescura que él no tenía, cuando se dá el primer encuentro erótico entre ellos ocurre algo interesante en este vínculo: él antes que desnudarla la cubre.  Ella siempre estaba muy ligera de ropa…había algo que estaba demasiado exhibido, así como él era muy rígido ella se excedía en mostrar…

Empiezo esta columna con el recuerdo de esta escena porque el tema que me convoca a escribir tiene que ver con algo que pasó a ser cotidiano en los días que corren: la exhibición de la vida privada en el ámbito público, como puede ser la televisión o las redes sociales. Hoy es común encontrarnos con videos, fotos, audios que pertenecen a la intimidad de una relación pero que todos podemos ver y escuchar. Esto ocurre en los medios de comunicación así como en la web, lo que antes pertenecía exclusivamente al ámbito privado hoy en día aparece en el ámbito público casi como si no hubiera diferencias.

Desde mi disciplina que es el psicoanálisis, me pregunto qué efectos tiene sobre el ser humano esta falta de delimitación entre ámbito público y privado, si será nocivo para la subjetividad este exceso en la mostración, si hay algo en la constitución del psiquismo que necesita de una diferencia y que no todo sea dado a ver.

En relación a esto hablaba con una guionista a la que este tema le evocaba lo que los griegos en el teatro llamaban el “fuera de escena”, lo obsceno, lo que no debería estar pero aparece con los efectos de angustia o rechazo en el otro. Y es que como espectadores de las cuestiones de la vida privada de una pareja, uno queda capturado en una escena sintiendo que alguien está de más, y es que uno no debería ser parte de esa escena. Esto nada tiene que ver con juzgar desde la moral si está bien o mal lo que hacen, lo que nos excede es ser parte de esa escena. Eso es lo obsceno. En muchas obras de teatro, la muerte y el sexo ocurren, generalmente, en la extra-escena. No sucede lo mismo en las múltiples pantallas de los medios de comunicación.

En un diálogo que mantuvieron el sociólogo Gilles Lipovetsky y escritor Mario Vargas Llosa, discuten acerca de algunos fenómenos que acontecen en “la civilización del espectáculo”, denominada así por el propio Premio Nobel de Literatura.

Dice Lipovetsky que la sociedad de consumo, del espectáculo, aportó bienestar, abrió el universo de opiniones, y dio más autonomía. Pero trajo también aspectos negativos porque es una sociedad que promete la felicidad pero no lo puede cumplir, porque el hombre tiene aspiraciones que son más elevadas que los meros objetos de consumo. Y lo problemático es que la sociedad del espectáculo trata al hombre como si fuera solamente un consumidor.  

En contraste con Vargas Llosa que más bien resalta lo negativo de esta sociedad, Lipovetsky acentúa la posibilidad que tenemos los seres humanos de utilizar herramientas para cambiar la realidad y que esté más cerca de nuestros deseos, en el sentido de poder elegir qué mirar, qué leer, en qué usar nuestro tiempo, y qué cuestiones de la vida privada queremos compartir con otros, la tecnología permite un acceso y una comunicación que antes no era posible.

En la sociedad de hoy algo de los vínculos funciona sin un límite, sin el freno que pone el amor. El amor es un pacto de palabra, que permite que haya un intercambio que nada tiene que ver con una cuenta. En cambio hoy en día asistimos a un continuo malestar, a la necesidad de recurrir a la justicia, a peleas mediáticas, a toda una industria de la violencia y de la agresión verbal, y en donde también se recurre a mostrar la intimidad y opinar sobre ella. Todo esto sin un límite, sin el velo necesario para que haya una interioridad, constitutiva del ser humano.

Lacan en su Seminiario 4 habla acerca de lo que se ama en el objeto de amor y plantea que es algo que está más allá: este algo no es nada si no que tiene la propiedad de estar ahí simbólicamente. Y dice que esta relación por la cual aquello a lo que se apunta está más allá de lo que se presenta está materializada por la imagen del velo, la cortina. El velo, la cortina delante de algo, cubriendo algo, permite ilustrar la situación fundamental del amor. La cortina cobra su valor porque sobre ella se proyecta y se imagina la ausencia, esa nada, ese más allá. Por lo tanto, para poder amar el  sujeto tiene una exigencia, la imperiosa necesidad de un velo.  Este límite es parte fundamental en las relaciones humanas.

Un hombre y una mujer se aman construyendo una intimidad que de alguna manera protege al vínculo de una exposición desmedida. Sin privacidad los vínculos se dañan, quedan como en la intemperie. Tener la capacidad de no mostrar, de preservar detrás de la cortina, lo que debe quedar fuera de escena es un acto de amor en estos tiempos que vivimos.

 

Por Micaela Abad
Psicoanalista