El actor brindó una entrevista en donde confiesa que en su casa no se hablaba de sexo y que recién a los 50 años contó cómo un sacerdote quiso abusar de él.
¿Eras una persona con miedo?
Tengo miedo a todo: a la oscuridad, a lo que no conozco, a perderme en los aeropuertos. Tengo diabetes y tengo miedo de quedarme ciego o que me corten los dedos del pie. Mi único drama eran las dietas que tenía que hacer desde los 8.
¿Tus padres te imponían dietas?
Sí. Mi padre era gordito, pero no quería que yo lo fuera. Mi hermano mayor era divino: rubio y flaco; yo era la bestia negra. Me llevaron al Instituto de Nutrición para adelgazar, desde los 8 hasta los 14. Esa es la única frustración que tenía: no comer.
¿Hubo algo que disparara esos miedos terroríficos?
Es una cosa tan rara que no la puedo analizar ni comprender. Hay muchos abusos hacia los chicos… Un cura me quiso toquetear en el confesionario. Me dio risa. Tenía 9 años. Era tan feo el tipo y tenía un olor a transpiración que te volteaba… era pleno verano. En ese momento, yo era un boludo que todavía no sabía cómo se hacían los nenes. Es un episodio traumático y yo no me río de la gente a la que le pasó eso. El tipo era un cura que estuvo poco tiempo en la iglesia. No se le podía aguantar el aliento a oveja muerta. Los varones nos confesábamos en su falda. El confesionario tenía la ventanilla para las mujeres al costado. Los hombres abríamos la puertita y nos poníamos en la rodilla del cura. De terror la cosa. De repente me empezó a preguntar si tenía malos pensamientos. Y yo, boludo, le dije que sí porque, a veces, pensaba en comer. O que quería matar a mi mamá porque me escondía la comida. Yo pensé que me preguntaba sobre eso. Entonces me empezó a tocar el cinturón. Y yo tenía bien en claro qué era lo que él quería. Me di cuenta de que nada tenía que ver con su función de cura. Lo que más recuerdo es su olor a transpiración penetrando y el mal aliento.
Abusador y perverso.
Claro, muy perverso. Pero, por mi actitud, el tipo se dio cuenta de que no podía avanzar demasiado. Lo único que tuve en cuenta fue no volver nunca más las tres semanas en las que estuvo. Es decir, no fui más al confesionario.
Se creó la noción de peligro.
Claro, pero yo no le dije nada a nadie. No conté de este episodio hasta que tuve unos 50 años.
¿Vergüenza o miedo?
El miedo iba más por el lado de que no me fueran a creer. Yo lo cuento así y se iban a pensar que era un chiste. Antes estas cosas no se hablaban. Y cuando eso cambió, lo conté. Ahora la gente sabe que todo eso existe y existió.
Y también saben del peligro que corre un chico…
Exactamente. Yo era una persona de cero educación sexual. Mis compañeros de escuela decían “coger” y yo preguntaba “¿qué es eso?” Era un imbécil. Vivía en una nube. Realmente era mucho más fácil de pervertir.
¿Y tu hermano mayor no hablaba con vos de esas cosas?
No, en absoluto. Cuando yo metía la pata, todos se reían. Cuando tenía siete años, estaba la madrina de mi hermano por tener familia y llamó la madre, la tía Teresa. No había nadie en mi casa… Y yo siempre era el primero en responder el teléfono. Atendí y me dijo: “Decile a tu mamá que la cigüeña está por llegar”. Cuando le dije eso a mi mamá, ¡Se rió de una manera! Y yo la miraba como diciendo: “Estúpida, ¿no te das cuenta de que te estoy hablando en serio?”.
¿Por qué tus padres les trasmitían una educación tan arcaica?
¡No sé! Además, en otros aspectos, no eran tan cerrados. No se escandalizaron porque quería ser actor. Me llevaron a adelgazar y no decían que su hijo era gordito y estaba sano.
¿Ser gordito era una preocupación?
Sí. Ellos tenían miedo de que yo explotara. Nací con 4,6 kilos. Mi mamá me tuvo en mi casa, un parto infernal. Yo era una vaca… ¡Comía como un animal desde que era un bebé! Y a mis 8, me levantaba de noche a cortar queso. Me hacía el sonámbulo. Tenía hambre a las 3 de la mañana. Hasta que mi mamá me puso una palangana de agua fría en la cama –que yo no vi– y al meter las patas en el agua y decir “la puta madre”, porque ya puteaba desde chico, mi mamá me dijo: “Volvé a dormir, sonámbulo”.
¿Tu hermano era ingenuo también?
¡No! Era un Drácula. Murió en julio, a sus 84. El siempre, en enero, se iba de vacaciones a Brasil. Y en el 2014 tropezó a la entrada del hotel y se rompió la tibia y el peroné… la misma fractura que tuvo Mirtha Legrand. Lo operaron, pero no quiso caminar nunca más ni recibir a nadie en la casa. Vivía conmigo y había alguien que lo cuidaba. Le agarró un ataque de depresión que le duró más de dos años.




