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martes, 25 de agosto de 2026
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ALEJANDRO VECCHI. EL DÍA EN QUE DEJAMOS DE RECORDAR

La escritura prometió salvar nuestra memoria. Platón advirtió que podía debilitarla. Cinco mil años después llevamos en el bolsillo una máquina que recuerda por nosotros.

C.A.B.A., sábado 22 de agosto de 2026

La Piedra de Rosetta, 196 a. C., Egipto. Inscrita en jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego antiguo, conserva un mismo decreto en tres sistemas de escritura. Descubierta en 1799 y actualmente en el British Museum de Londres, se convirtió en una de las claves para descifrar los jeroglíficos. Una piedra hecha memoria: la palabra consiguió sobrevivir a quienes la pronunciaron y atravesar más de dos mil años para volver a ser leída.

Hubo un tiempo en que olvidar significaba perder para siempre. Si nadie recordaba una deuda, una frontera, una cosecha, el nombre de un muerto o la decisión de un gobernante, no existía una nube distante donde recuperarlo. Durante una parte inmensa de nuestra historia, recordar no fue solamente una facultad psicológica, fue una condición para la supervivencia de la cultura, hasta que ocurrió algo extraordinario: el hombre comenzó a colocar partes de su memoria fuera de sí mismo.

Marcas, signos, tablillas e inscripciones permitieron que una información sobreviviera al cerebro que la había conocido, pero junto con aquella conquista apareció una sospecha que todavía nos acompaña: cada vez que inventamos una tecnología capaz de ampliar una facultad humana debemos preguntarnos también qué ocurre con la facultad que acabamos de delegar.

Platón formuló esa pregunta hace aproximadamente veinticuatro siglos y conocemos su advertencia gracias a una deliciosa paradoja: alguien decidió escribirla.

Platón ya desconfiaba

En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates la historia de Theuth, inventor de la escritura, quien presenta orgullosamente su creación al rey Thamus asegurando que hará a los hombres más sabios y mejorará su memoria. El rey responde exactamente lo contrario: las letras producirán olvido porque los hombres dejarán de ejercitar su memoria interior y confiarán en signos exteriores, recibirán mucha información y podrán incluso adquirir apariencia de sabiduría sin poseer verdadero conocimiento.

Sería tramposo decir que Platón anticipó Google o la inteligencia artificial. No conoció computadoras, teléfonos ni algoritmos. Lo extraordinario es otra cosa: identificó un conflicto antropológico que continúa intacto. Cada vez que descargamos una capacidad humana en una tecnología ganamos algo, pero también debemos preguntarnos qué dejamos de hacer nosotros.

La escritura, sin embargo, no nos hizo más tontos. Hizo posible conservar leyes, contratos, poemas, conocimientos médicos, observaciones astronómicas, sistemas filosóficos y decisiones judiciales, pero produjo además algo todavía más revolucionario: permitió regresar físicamente sobre el pensamiento. La palabra oral desaparece mientras se pronuncia; la escrita permanece, puede releerse, compararse, corregirse, refutarse y enfrentarse con otra escrita por alguien muerto hace siglos.

La escritura no fue solamente una tecnología para guardar pensamientos. Se convirtió en una tecnología para pensar.

Google cambió lo que recordamos

En 2011 BetsySparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner publicaron en Science una investigación que se hizo célebre: Google Effects on Memory: CognitiveConsequences of HavingInformation at OurFingertips. Sus experimentos mostraron algo mucho más interesante que el titular fácil de que “Google destruye la memoria”: cuando las personas esperaban disponer posteriormente de determinada información tendían, bajo ciertas condiciones, a recordar peor el dato mismo y mejor dónde podían encontrarlo.

El cerebro no necesariamente había dejado de trabajar. Había cambiado de trabajo.

La idea conecta con la llamada memoria transactiva: en una pareja, una familia, un estudio jurídico, un hospital o cualquier organización compleja nadie necesita saber absolutamente todo si existe una distribución confiable del conocimiento. Uno sabe una cosa, otro sabe otra y alguien recuerda quién sabe qué. Internet llevó esa lógica a una escala desconocida: el otro que recuerda dejó de ser necesariamente una persona. Podía ser una máquina.

EvanRisko y Sam Gilbert sistematizaron después el fenómeno bajo el concepto de cognitiveoffloading, descarga cognitiva: utilizamos acciones y recursos externos para reducir las exigencias mentales de determinadas tareas. No comenzó con Internet. Lo hacemos desde que anotamos una cita, dejamos un objeto junto a la puerta para recordar que debemos llevarlo o escribimos una lista. La diferencia es la escala.

Hace treinta años recordábamos decenas de números telefónicos. Hoy quizá recordemos cuatro. ¿Perdimos memoria? Tal vez. O quizá dejamos de utilizarla para almacenar información disponible instantáneamente.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿qué hacemos con la capacidad que liberamos?

El teléfono que recuerda nuestra vida

Llamar “teléfono” al aparato que llevamos en el bolsillo se ha convertido casi en una supervivencia lingüística. Es agenda, cámara, mapa, biblioteca, banco, archivo, traductor, periódico, libreta de direcciones y una gigantesca prótesis de memoria. Recuerda cumpleaños, reuniones, conversaciones, fotografías, búsquedas y recorridos; bajo determinadas condiciones puede conservar dónde estuvimos incluso cuando nosotros mismos ya no lo recordamos.

Aquí aparece una diferencia formidable respecto de la escritura antigua. Una tablilla esperaba que alguien escribiera deliberadamente sobre ella. Nuestros dispositivos pueden producir memoria de nuestra existencia aunque nosotros no hayamos decidido recordarla.

El GPS muestra otra dimensión del problema. Durante siglos orientarse exigió observar calles, edificios, distancias, estrellas y accidentes geográficos. Hoy podemos atravesar una ciudad desconocida obedeciendo instrucciones: avance, gire, continúe, llegó. Llegamos perfectamente y, sin embargo, si alguien apaga el aparato quizá descubramos algo extraño: estuvimos allí sin haber aprendido realmente dónde estábamos.

LouisaDahmani y VéroniqueBohbot estudiaron esta cuestión en ScientificReports en 2020 y encontraron asociaciones entre mayor utilización habitual del GPS y peor desempeño en determinadas medidas de memoria espacial durante navegación autónoma. La prudencia científica impide afirmar que “el GPS destruye el cerebro”, pero permite formular algo mucho más serio: si una tecnología ejecuta sistemáticamente una operación cognitiva por nosotros, puede modificar cuánto necesitamos ejercitar las capacidades que antes utilizábamos para realizarla.

¿Dónde termina nuestra cabeza?

En 1998 Andy Clark y David Chalmers formularon en The Extended Mind una pregunta extraordinaria: ¿dónde termina la mente y dónde comienza el mundo?

Su famoso ejemplo compara a Inga, que recuerda mentalmente dónde está un museo, con Otto, que utiliza sistemáticamente un cuaderno para conservar la misma información. Si el cuaderno cumple de manera estable una función equivalente al recuerdo biológico, ¿por qué una operación debería considerarse parte de la cognición y la otra completamente exterior?

Traslademos la pregunta a nuestro presente. Si una agenda conserva nuestros compromisos, Google recupera datos, el GPS realiza parte de nuestra orientación y el teléfono almacena números, imágenes y conversaciones que ya no recordamos, ¿dónde termina exactamente nuestra capacidad y dónde comienza nuestra infraestructura tecnológica?

Perder un cuaderno es perder un objeto. Perder hoy un teléfono puede sentirse como perder temporalmente una parte de nuestra capacidad para desenvolvernos.

Y entonces ocurrió algo que Platón difícilmente hubiera podido imaginar. Durante milenios nuestro problema fue conseguir que la información sobreviviera.

Ahora apareció el problema contrario:¿qué hacemos cuando la información sobrevive demasiado? ¿Y si encima es una fake news, o una noticia media verdad media mentira?

Cuando olvidar llegó a los tribunales

Durante casi toda la historia recordar fue caro y olvidar fue fácil. Había que escribir, copiar, almacenar, clasificar y proteger. La digitalización invirtió parcialmente esa ecuación: almacenar se volvió barato, copiar instantáneo, buscar extraordinariamente sencillo y borrar, algunas veces, sorprendentemente difícil.

El olvido terminó convirtiéndose en una pretensión jurídica.

En 2014 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea resolvió el célebre caso Google Spain c. AEPD y Mario Costeja González. Información publicada muchos años antes continuaba apareciendo cuando se buscaba el nombre de Costeja en Internet. El Tribunal reconoció, bajo determinadas condiciones, la posibilidad de obtener la retirada de ciertos enlaces de los resultados producidos mediante búsquedas nominativas.

La precisión es fundamental: desindexar no necesariamente significa borrar la historia. El documento original puede continuar existiendo aunque cambie la puerta digital que conduce hacia él.

Argentina enfrentó una discusión semejante en Denegri c. Google. Natalia Denegri pretendía que determinadas informaciones audiovisuales y periodísticas vinculadas con acontecimientos de décadas anteriores dejaran de aparecer asociadas a su nombre. En 2022 la Corte Suprema rechazó su pretensión en las circunstancias del caso y colocó en el centro del debate la libertad de expresión, el interés público y la licitud de los contenidos.

La contradicción es formidable: una sociedad que borra demasiado puede destruir su historia, pero una sociedad incapaz de olvidar puede condenar a una persona a vivir eternamente dentro de su pasado.

El derecho es una máquina de memoria

El derecho no solamente regula la memoria: necesita memoria para existir. El Registro Civil recuerda que nacimos, un registro inmobiliario quién adquirió una propiedad, un expediente qué dijeron las partes, una sentencia qué decidió un juez, un protocolo notarial conserva un acto cuando quizá ya murieron todos sus protagonistas y la jurisprudencia permite comparar aquello que los tribunales decidieron ayer con lo que pretenden decidir hoy.

Sin memoria institucional, el derecho debería comenzar cada mañana desde cero.

Por eso la escritura también limitó al poder. Lo escrito puede servir a la opresión, naturalmente, pero puede asimismo enfrentar al gobernante, al juez o al funcionario con una frase devastadoramente sencilla:

Usted ayer dijo otra cosa. Y aquí está escrito.

El proceso penal conoce especialmente bien la fragilidad del recuerdo humano. Un testigo no funciona como una cámara: percibe, selecciona, interpreta, olvida y reconstruye. Preguntas sugestivas, conversaciones posteriores, exposición mediática y nueva información pueden modificar aquello que recuerda.

Pero precisamente cuando comprendimos mejor esa fragilidad aparecieron otras memorias junto al testigo: cámaras, fotografías, mensajes, llamadas, búsquedas, peajes, transacciones, geolocalizaciones, metadatos y copias de seguridad.

El hombre puede decir “no recuerdo”.

El dispositivo puede conservar un registro.

Eso tampoco convierte a la máquina en oráculo. Una geolocalización puede demostrar dónde estaba un dispositivo sin demostrar necesariamente quién lo llevaba, un mensaje puede ser auténtico y permanecer fuera de contexto, un archivo puede estar incompleto o manipulado. Por eso existen autenticidad, integridad, cadena de custodia, peritajes, contradicción y control judicial.

La máquina conserva un dato. El juez todavía debe decidir qué significa.

Platón frente a la inteligencia artificial

Y llegamos finalmente a nosotros.

Durante años, cuando ignorábamos algo, Google nos entregaba documentos y nosotros debíamos leerlos. La inteligencia artificial inaugura una etapa diferente: puede recibir una pregunta, procesar cantidades gigantescas de información y entregarnos directamente una respuesta.

La distancia entre ignorancia y respuesta se redujo brutalmente.

Pero recibir una respuesta no equivale a saber. Encontrar una fuente no significa comprenderla, comprenderla no significa compararla, compararla no significa evaluar su calidad y obtener una conclusión impecablemente redactada no significa que sea verdadera.

Platón no vuelve porque haya predicho la inteligencia artificial. Vuelve porque su antigua distinción entre información, memoria y sabiduría se volvió incómodamente contemporánea.

No existe ninguna razón seria para idealizar un pasado en el que las personas debían memorizar cantidades enormes de información porque no tenían otra manera de conservarla. La escritura permitió ciencia acumulativa, las bibliotecas nos dejaron conversar con muertos, Internet democratizó accesos antes reservados a minorías y un GPS puede salvar a una persona perdida.

El problema nunca fue regresar.

El problema es decidir qué facultades podemos descargar y cuáles debemos continuar ejercitando precisamente porque nos constituyen. Podemos permitir que un teléfono recuerde un número, pero ¿queremos que reconstruya por nosotros nuestra historia? Podemos pedir al GPS que encuentre una calle, pero ¿queremos dejar de comprender el espacio en que vivimos? Podemos utilizar inteligencia artificial para encontrar jurisprudencia, pero ¿queremos permitir que decida por nosotros qué significa justicia?

Durante miles de años nuestro enemigo fue la fragilidad de la memoria. Inventamos signos para combatirla, archivos para conservarlos, bibliotecas para reunirlos, imprentas para multiplicarlos, fotografías para fijar imágenes, grabaciones para conservar voces, computadoras para almacenar datos, Internet para conectarlos y buscadores para encontrarlos.

Construimos, fragmento por fragmento, una memoria exterior de dimensiones que ninguna generación anterior pudo imaginar.

Y cuando finalmente conseguimos una máquina que casi nunca olvida, descubrimos que nosotros también necesitábamos el olvido.

Necesitamos recordar los crímenes, las víctimas, las decisiones del poder, las sentencias y aquello que ocurrió para impedir que alguien pueda sostener mañana que nunca ocurrió. Pero necesitamos también que algunos errores no definan eternamente a una persona y que nuestra memoria colectiva no se transforme en una condena individual perpetua.

El olvido puede liberar. La memoria puede hacer justicia.

Imaginemos finalmente dos objetos separados por milenios: una tablilla cubierta de signos y un teléfono encendido. La primera consiguió que una información sobreviviera a quien la había escrito; el segundo conserva una cantidad de información que su propietario jamás podría recordar.

Entre ambos objetos transcurre una parte esencial de nuestra historia.

No dejamos de tener memoria.

Construimos otra fuera de nosotros.

Platón temía que la escritura nos entregara apariencia de sabiduría. Dos mil cuatrocientos años después ya no podemos responder destruyendo los libros ni apagando Internet. Nuestro desafío es muchísimo más difícil: utilizar una memoria casi ilimitada sin confundir acceso con conocimiento, almacenamiento con comprensión y respuesta con verdad.

Pero todavía faltaba una revolución.

La escritura había conseguido que una palabra sobreviviera al hombre, aunque cada copia continuaba siendo lenta, costosa y escasa. La humanidad había aprendido a guardar sus pensamientos, todavía no había aprendido a multiplicarlos.

Hasta que alguien comenzó a ordenar pequeñas piezas de metal.La memoria había conseguido sobrevivir al hombre.Ahora estaba a punto de aprender a viajar entre millones de hombres.Gutenberg no iba a inventar simplemente otra manera de imprimir libros.Iba a cambiar la cantidad de cabezas a las que una idea podía llegar.

Las fuentes detrás de esta historia

Esta historia empezó, en realidad, hace más de dos mil años, con una conversación que probablemente nunca ocurrió exactamente como Platón decidió contarla. En el Fedro, especialmente entre 274c y 275b, Sócrates recuerda el encuentro entre Theuth, inventor de la escritura, y el rey egipcio Thamus. Theuth llega orgulloso con su descubrimiento y asegura haber encontrado un remedio para la memoria y la sabiduría, pero el rey observa la misma invención y ve un peligro: los hombres comenzarán a confiar en signos exteriores y dejarán de ejercitar aquello que antes debían conservar dentro de sí. Esa escena antigua fue el punto de partida de este capítulo porque contiene una pregunta que atravesó intacta veinticuatro siglos: ¿qué ocurre con una capacidad humana cuando inventamos una herramienta que comienza a realizar parte de su trabajo?

Muchísimo después, antropólogos, historiadores y estudiosos de la cultura comenzaron a preguntarse qué había ocurrido realmente cuando la humanidad aprendió a escribir. Jack Goody, en The Domestication of theSavageMind, publicado por Cambridge University Press en 1977, mostró que la escritura no podía entenderse solamente como un depósito donde guardar recuerdos; permitía clasificar, comparar, ordenar y administrar información de maneras nuevas. Walter J. Ong continuó esa conversación en Orality and Literacy: The Technologizing of the Word, publicado en 1982, examinando la enorme transformación que supone pasar de culturas dominadas por la palabra oral a otras atravesadas por la escritura. Y Merlin Donald, en Origins of the Modern Mind, Harvard University Press, 1991, llevó la cuestión todavía más lejos al estudiar la relación entre evolución, cultura, cognición y sistemas simbólicos externos. Los tres, desde caminos diferentes, ayudan a comprender una idea fundamental: cuando inventamos una nueva manera de conservar conocimiento no solamente cambia el lugar donde guardamos nuestros pensamientos, puede cambiar también nuestra manera de pensar.

Entonces apareció Google y aquella vieja pregunta de Platón pudo entrar en un laboratorio. En 2011 BetsySparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner publicaron en Science “Google Effects on Memory: CognitiveConsequences of HavingInformation at OurFingertips”. El título parecía anunciar una catástrofe, pero el resultado fue bastante más interesante. Sus experimentos sugirieron que cuando creemos que una información seguirá disponible después podemos recordar peor el dato y, en determinadas condiciones, recordar mejor dónde encontrarlo. No demostraron que Google estuviera destruyendo nuestra memoria. Encontraron algo más inquietante: podíamos estar modificando qué considerábamos necesario recordar.

Esa investigación se conectaba con una idea que Daniel Wegner había trabajado anteriormente, la memoria transactiva. Desde mucho antes de Internet los seres humanos distribuimos nuestros recuerdos: en una familia alguien recuerda los cumpleaños, otro sabe dónde están los documentos, en un estudio jurídico uno conoce determinados precedentes y otro sabe dónde encontrarlos. No necesitamos llevar todo dentro de la cabeza si sabemos quién -o qué- conserva aquello que necesitamos. Con Internet ocurrió algo extraordinario: una parte de esa memoria compartida dejó de estar depositada solamente en otras personas y comenzó a vivir en máquinas.

EvanRisko y Sam Gilbert le dieron en 2016 un nombre especialmente útil a una parte del fenómeno: cognitiveoffloading, descarga cognitiva. En su trabajo publicado en Trends in CognitiveSciences explicaron cómo utilizamos objetos y acciones externas para disminuir determinadas exigencias mentales. En realidad hacemos esto desde muchísimo antes del teléfono inteligente: una lista de compras, un nudo, una anotación en una agenda o las llaves dejadas junto a la puerta son pequeñas memorias colocadas en el mundo para no tener que mantener permanentemente la información dentro de nuestra cabeza. La revolución digital no inventó ese comportamiento. Lo volvió gigantesco.

Por eso también quise saber qué sucedía cuando la máquina no solamente recordaba un dato sino que realizaba por nosotros una operación que antes necesitábamos aprender. El GPS ofrecía el ejemplo perfecto. LouisaDahmani y VéroniqueBohbot estudiaron a conductores habituales y publicaron en ScientificReports, en 2020, “Habitual use of GPS negativelyimpactsspatialmemoryduringself-guidednavigation”. Encontraron asociaciones entre una mayor utilización del GPS y peores resultados en determinadas medidas de memoria espacial. Hay que ser cuidadosos: esos resultados no autorizan a afirmar que el GPS “destruye el cerebro”. Pero sí permiten formular una pregunta mucho más seria: si dejamos de orientarnos porque una máquina se orienta permanentemente por nosotros, ¿qué ocurre con nuestra capacidad de aprender el espacio?

En medio de esas investigaciones apareció una pregunta todavía más extraña. Andy Clark y David Chalmers la habían formulado en 1998 en un artículo que terminaría convirtiéndose en un clásico de la filosofía contemporánea: The Extended Mind. ¿Dónde termina nuestra mente? Si una persona recuerda una dirección dentro de su cerebro y otra consulta siempre un cuaderno que cumple establemente la misma función, ¿es tan evidente que solamente el primer recuerdo pertenece a su sistema cognitivo? El ejemplo de Otto y su cuaderno fue escrito antes de que el teléfono inteligente se convirtiera en nuestra agenda, mapa, archivo, cámara, biblioteca y memoria portátil. Hoy la pregunta resulta mucho más perturbadora: cuando perdemos el teléfono y sentimos que durante unas horas no sabemos nuestros números, nuestros compromisos, nuestras direcciones ni siquiera cómo llegar a ciertos lugares, ¿hemos perdido simplemente un objeto?

Y entonces la investigación salió de la filosofía y de la psicología para entrar en los tribunales. Porque durante milenios el problema humano había sido conseguir que algo no desapareciera, pero Internet produjo una situación inversa: algunas cosas comenzaron a resultar extraordinariamente difíciles de olvidar.

Mario Costeja González lo descubrió cuando acontecimientos de su pasado continuaban apareciendo años después cada vez que alguien introducía su nombre en Google. El conflicto llegó al Tribunal de Justicia de la Unión Europea y produjo, el 13 de mayo de 2014, la sentencia Google Spain SL y Google Inc. c. Agencia Española de Protección de Datos y Mario Costeja González, asunto C-131/12. Allí apareció una distinción que resulta esencial para toda esta historia: borrar una información y dificultar que aparezca cuando buscamos el nombre de una persona no son necesariamente la misma cosa. El archivo puede continuar existiendo mientras se modifica una de las puertas que conducen hasta él.

Argentina tuvo su propio capítulo con Natalia Denegri. En Denegri, Natalia Ruth c/ Google Inc. s/ derechos personalísimos, resuelto el 28 de junio de 2022, la Corte Suprema debió enfrentar la pretensión de desindexar determinados contenidos periodísticos y audiovisuales del pasado con la libertad de expresión y el interés público. La Corte rechazó el pedido en las circunstancias concretas del caso. Detrás del expediente aparecía, sin embargo, una pregunta que excedía ampliamente a sus protagonistas: ¿puede una persona reclamar que Internet deje de recordarle al mundo quién fue alguna vez?

La Ley argentina 25.326 sobre Protección de los Datos Personales ya había mostrado que la respuesta jamás podía ser absoluta. Su artículo 16 contempla, bajo determinadas condiciones, rectificación, actualización, supresión o confidencialidad de datos, pero también establece límites cuando existen derechos o intereses legítimos de terceros u obligaciones legales de conservación. El derecho termina colocado exactamente en el lugar donde comenzó nuestra historia: entre dos necesidades humanas contradictorias, recordar aquello que no debemos permitir que desaparezca y olvidar aquello que no debería perseguirnos eternamente.

Y finalmente llegamos a la inteligencia artificial. No existe todavía un Platón de la IA capaz de cerrar definitivamente la discusión, y quizá sea mejor que así sea. Tenemos investigaciones, experimentos, filosofía, jurisprudencia y una experiencia cotidiana que cambia casi mientras intentamos describirla. Hasta hace pocos años buscábamos una pregunta en Internet y recibíamos una lista de lugares donde posiblemente estuviera la respuesta. Ahora podemos formular la pregunta y recibir directamente una respuesta redactada, organizada y aparentemente completa. La distancia entre no saber y obtener una contestación nunca fue tan pequeña.

Precisamente por eso regresé al Fedro después de recorrer Google, el GPS, Clark y Chalmers, Costeja y Denegri. No porque Platón hubiera previsto nuestras máquinas, sino porque había dejado formulada la pregunta correcta: una herramienta puede entregarnos información, pero no puede garantizar que aquello que recibimos se convierta en conocimiento y mucho menos en sabiduría.

Éstas son, entonces, las fuentes que sostienen este recorrido. No hablan todas de lo mismo ni pertenecen a la misma disciplina, y justamente allí está su riqueza. Platón observaba la escritura, Goody y Ong la transformación cultural de la palabra, Sparrow nuestra relación con Google, Risko y Gilbert la descarga cognitiva, Dahmani y Bohbot nuestra orientación espacial, Clark y Chalmers los límites de la mente, Costeja y Denegri la persistencia jurídica del pasado. Separados por siglos y por disciplinas, terminaron encontrándose alrededor de una misma pregunta:cuando entregamos una parte de nuestra memoria al mundo exterior, ¿qué ganamos, qué dejamos de ejercitar y quién termina teniendo el poder sobre aquello que ya no necesitamos recordar por nosotros mismos?

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