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sábado, 3 de octubre de 2026
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ALEJANDRO VECCHI. UN POQUITO MÁS, HOMBRE…

ALEJANDRO VECCHI. UN POQUITO MÁS, HOMBRE…
CABA septiembre 2026
Hay momentos en que pensar parece haberse convertido en una provocación. Si se habla de justicia social, algunos sospechan de la libertad; si se defiende la propiedad, otros sospechan de la humanidad. Entre los extremos queda un territorio cada vez más difícil de habitar: el equilibrio. Jesús Quintero pidió “un poquito más” de profundidad. La Constitución argentina había ensayado mucho antes una fórmula igualmente incómoda para los dogmáticos: justicia, paz interior, bienestar general y libertad. No una contra otra. Todas las juntas.

El preámbulo de la Constitución

En 1983 ocurrió una escena política que hoy parece pertenecer a otro país. Raúl Alfonsín se había convertido durante la campaña electoral el Preámbulo de la Constitución Nacional en una suerte de oración cívica y el 10 de diciembre, después de asumir la Presidencia, volvió a aquellas palabras desde el Cabildo. La Argentina salía de una tragedia institucional y aquel hombre recurrió a algo escrito ciento treinta años antes: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad. Pero aquel día dijo algo particularmente importante para esta reflexión: había que trabajar por la dignidad del hombre, darle libertad, “pero también justicia”, porque la defensa de los derechos humanos no se agotaba en preservar la vida sino que alcanzaba también al combate contra la miseria y la pobreza. Después volvió al Preámbulo y lo recitó ante la multitud. El discurso completo de Alfonsín desde los balcones del Cabildo, del 10 de diciembre de 1983 permite recuperar aquella escena sin intermediarios. Alfonsín No hace falta ser alfonsinista, radical ni hacer aquí un equilibrio de aquella presidencia para reconocer la potencia de la imagen: cuando la Argentina necesitó encontrar un norte después del abismo, fue a buscarlo a su Constitución. Incluso durante la campaña Alfonsín había hablado de encontrar, “por encima de las divergencias ideológicas”, respuestas comunes y había unido expresamente libertad con justicia social. Alfonsín

Quizás convenga regresar a ese norte porque la discusión contemporánea ha desarrollado una extraña incapacidad para sostener dos ideas simultáneamente. Se puede defender enfáticamente la libertad y preocuparse por quien no tiene para comer; defender la propiedad privada y preguntarse por las consecuencias humanas de una desigualdad extrema; creer en el mérito, la empresa, la inversión, la producción y el mercado sin aceptar que el dinero conceda superioridad moral sobre otro ser humano. Del mismo modo, se puede hablar de justicia social sin pretender uniformar patrimonios, persiguiendo a quien prospera ni convertir al Estado en propietario de nuestras vidas. Sin embargo, apenas alguien intenta instalarse en ese territorio aparecen las etiquetas. Para algunos, cualquier pregunta sobre desigualdad esconde una ofensiva contra la libertad; para otros, cualquier defensa de la propiedad o del mercado demuestra insensibilidad frente al sufrimiento. Los extremos, aunque se detesten, comparten una comodidad intelectual: necesitan que el mundo sea sencillo. Blanco o negro. Mercado o Estado. Libertad o igualdad. Nosotros o ellos. Y así, antes de escuchar una idea completa, interesa descubrir rápidamente de qué lado proviene para saber si debe ser aplaudida o condenada. El problema comienza cuando las etiquetas reemplazan al pensamiento.

Jesús Quintero entendió extraordinariamente bien ese empobrecimiento. En su célebre reflexión sobre los nuevos analfabetos no dirigió su crítica contra quien nunca había tenido la oportunidad de aprender, sino contra una forma bastante más inquietante de renuncia voluntaria a la curiosidad ya la profundidad. Su reclamo final era sencillísimo: un poco más de profundidad, un poquito más. Y vale la pena detener aquí la lectura durante unos minutos porque una transcripción difícilmente pueda reproducir sus silencios, su mirada y aquella cadencia andaluza con la que conseguía convertir una frase elemental en una pregunta filosófica. Ver y escuchar aquí a Jesús Quintero: “Un poquito más” . Quintero hablaba de cultura, televisión, frivolidad e ignorancia, pero su reclamo resulta extraordinariamente actual para nuestra conversación pública: un poquito más antes de etiquetar, un poquito más antes de condenar, un poquito más antes de decidir que quien formula una pregunta incómoda necesariamente pertenece al bando contrario.

Ese “poquito más” permite contemplar de otra manera El banquete de los ricos , de José Clemente Orozco, cuya imagen abre estas líneas. La Universidad Nacional Autónoma de México conserva la identificación documental de El banquete de los ricos y su autoría por José Clemente Orozco , y la propia UNAM ubica la obra dentro del conjunto de murales realizados por Orozco entre 1923 y 1924. Datos Abiertos UNAM Sería demasiado sencillo convertir inmediatamente el cuadro en ricos contra pobres, capitalismo contra proletariado, abundancia contra hambre. Esa lectura existe en el contexto histórico del muralismo mexicano, pero detenerse allí reduciría una obra formidable a una consigna. Lo inquietante para esta lectura no es que esos hombres tengan una mesa abundante, beban, disfruten o posean mucho. La riqueza legítimamente obtenida no constituye una culpa y la pobreza jamás debería convertirse en una virtud. Una sociedad necesita personas que produzcan, trabajen, inventen, inviertan, arriesguen, crean empresas y generen riqueza. El problema que Orozco permite pensar es otro: qué sucede dentro de algunos hombres cuando la abundancia y el poder terminan modificando la percepción que tienen de los demás. Arriba se celebra; abajo otros hombres se enfrentan. Los primeros parecen haber alcanzado el privilegio definitivo: pueden continuar disfrutando sin necesidad de mirar aquello que sucede debajo. No es la gula lo que interesa aquí. Ni siquiera el dinero. Es la indiferencia.

El ciudadano medio conoce perfectamente esa sensación. Trabaja, paga impuestos, espera un turno, hace una fila, procura educar a sus hijos, intenta progresar y probablemente no tenga ningún inconveniente en que otro posea muchísimo más si lo consiguió legítimamente. No reclama vivir en la misma casa del empresario exitoso, conducir su automóvil ni tener su cuenta bancaria. Las personas son diferentes, sus talentos son distintos, toman decisiones diferentes, reciben oportunidades desiguales y los resultados de una sociedad libre tampoco pueden ser idénticos. Lo que ese ciudadano difícilmente pueda considerar justo es que la diferencia económica termine convirtiéndose en diferencia de dignidad; que quien tiene más comienza a creer que vale más, que quien ocupa un cargo confunda administrar el Estado con poseerlo, que quien tiene contactos considera natural atravesar puertas cerradas para los demás, que quien paga un salario crea haber comprado también la voluntad de quien lo recibe o que quien acumuló poder terminar confundiendo aquello que materialmente puede hacer con aquello que moral y jurídicamente tiene derecho a hacer. Allí comienza una deformación mucho más interesante que la riqueza: la psicología del hombre que ha dejado de encontrar límites.

Ese fenómeno aparece desde otra perspectiva en Manual de mafiosos o Mafiosos de manual. De psicópatas, sociópatas y otras yerbas , obra de Alejandro Vecchi publicada en Amazon y ofrecida también a través de distintos portales de Internet. El libro se interna precisamente en esos territorios donde el poder puede convertirse en apropiación y donde determinadas personalidades dejan progresivamente de distinguir entre influencia, autoridad y derecho. Quien quiera conocerlo puede acceder directamente a la presentación de Manual de mafiosos y sus vías de acceso . La cuestión resulta interesante incluso antes de que aparezca necesariamente un delito: la mentalidad mafiosa puede comenzar cuando alguien confunde poder con derecho. Cuando la capacidad de conseguir algo se transforma en la convicción de merecerlo; cuando la ley parece destinada a otros, la espera corresponde a otros y los límites deben soportar los otros. El automóvil público se convierte psicológicamente en “mi automóvil”, el despacho en “mi despacho”, los subordinados en “mi gente”, los recursos de una institución en herramientas personales y finalmente el hombre deja de administrar poder para sentirse propietario de él y de cuanto lo rodea.

Tal vez haya llegado también el momento de rescatar una expresión castigada por décadas de apropiaciones partidarias, disputas doctrinarias y prejuicios cruzados: justicia social. No hace falta convertirla en patrimonio exclusivo de ninguna tradición política ni utilizarla como contraseña de adhesión a un determinado modelo económico. Puede pensarse desde un lugar bastante más elemental: una sociedad necesita determinados equilibrios para poder convivir en paz. Justicia social no tiene por qué significar que todos posean lo mismo. Puede significar que diferencias económicas legítimas no terminen destruyendo la igualdad esencial de las personas; que prosperar no requiere que otro fracaso; que la riqueza no pobreza necesita para justificarse y que la pobreza tampoco sea administrada políticamente para transformarla en dependencia. Puede significar, principalmente, pacificación social. Porque una comunidad en la que millones sienten que no tienen nada que perder termina siendo también una comunidad insegura para quienes tienen muchísimo que conservar. La paz social no es sentimentalismo: constituye uno de los presupuestos de cualquier sociedad estable.

Curiosamente, la Constitución argentina resulta bastante menos dogmática que muchas de nuestras discusiones. El Preámbulo reúne justicia, paz interior, bienestar general y libertad, mientras el artículo 75 inciso 19 coloca dentro de una misma disposición el “desarrollo humano”, el “progreso económico con justicia social”, la “productividad de la economía nacional” y la “generación de empleo”. No enfrenta esos conceptos: los reúne. Cualquiera puede comprobarlo directamente en el texto oficial de la Constitución Nacional Argentina . Argentina La elección constitucional merece atención precisamente porque destruye la falsa alternativa: progreso económico con justicia social, productividad con desarrollo humano, generación de empleo y defensa del valor de la moneda dentro del mismo programa constitucional. No hay allí una invitación a destruir la economía para distribuir sus restos ni una autorización para producir riqueza olvidando a las personas. Hay una aspiración bastante más difícil: hacer compatible la creación de riqueza con una sociedad humana.

El equilibrio tampoco consiste en colocarse matemáticamente a mitad de camino entre dos extremos. Hay injusticias frente a las cuales no corresponde buscar un punto medio y derechos fundamentales que no permitan negociación. El equilibrio del que se habla aquí es intelectual, institucional y humano: la capacidad de admitir la complejidad incluso cuando esa complejidad incomoda las propias convicciones. Una economía que no produce termina administrando la escasez; una economía que produce pero abandona completamente al hombre puede terminar administrando resentimiento, fragmentación y conflicto. Un Estado que pretende resolverlo todo puede asfixiar libertad, creatividad, responsabilidad e iniciativa; un Estado que se desentiende absolutamente de quienes quedaron afuera puede olvidar para qué existe una comunidad política. La empresa necesita libertad y seguridad jurídica; el trabajador necesita dignidad; quien invierte necesita reglas; quien atraviesa una desgracia necesita no ser considerado material descartable. Ninguna de esas afirmaciones debería exigir jurar fidelidad a una tribu.

El ciudadano razonable probablemente viva precisamente allí, en esa zona mucho menos estridente. Puede querer enriquecerse y conmoverse frente al hambre; exigir que sus impuestos no sean dilapidados y aceptar que una comunidad organizada destine recursos a quien verdaderamente los necesita; defender el mérito y comprender que nadie elige completamente las circunstancias en las que nacen; reclamar responsabilidad individual y reconocer que existen enfermedades, discapacidad, desempleo, tragedias familiares y desigualdades de oportunidades que ninguna frase motivacional puede hacer desaparecer. También puede rechazar las dos formas de deshumanización: la que abandona al individuo porque carece de suficiente capacidad económica y la que lo mantiene deliberadamente dependiente porque necesita su dependencia para conservar poder sobre él. Una dice “arréglate solo”; la otra susurra “sin mí no puedes”. Ambas pueden terminar olvidando exactamente lo mismo: la persona.

Por eso aquella imagen de Alfonsín recitando el Preámbulo conserva una potencia que excede completamente al propio Alfonsín ya cualquier partido político. En su discurso formal de asunción ante la Asamblea Legislativa había hablado del “dolor del desamparo de millones de hombres y mujeres”, del hambre, de la falta de techo, salud y educación, pero en ese mismo discurso defendió la libertad, el pluralismo y la dignidad de la persona humana. Al final regresó a los “grandes multas del Preámbulo” que había registrado durante la campaña como una “oración laica de modestos ciudadanos”. Puede consultarse íntegramente en el archivo del discurso de asunción presidencial ante la Asamblea Legislativa . Alfonsín Las constituciones no dicen cuánto debe valer una moneda ni cuál debe ser la tasa de interés. Establecen algo anterior: hacia dónde pretenden dirigirse una comunidad política. Y los constituyentes argentinos dejaron juntas palabras que hoy algunos quisieran repartir entre bandos adversarios: justicia, paz interior, bienestar general y libertad. Después vendrá la enorme discusión acerca de los medios. Esa discusión es legítima, indispensable y puede ser feroz. Lo absurdo sería discutir eternamente qué camino tomar después de haber olvidado hacia dónde se quería ir.

Orozco dejó a los hombres alrededor de aquella mesa hace un siglo. No hay ninguna necesidad de quitarles el plato, averiguar cuánto pagaron por el vino ni preguntar cuánto dinero guardan en el banco. La pregunta verdaderamente perturbadora es otra: ¿todavía ven a quienes están debajo? Porque el problema empieza cuando una diferencia patrimonial se transforma en diferencia humana, cuando tener más comienza silenciosamente a significar creer que se es más y cuando el poder concede el privilegio de dejar de mirar. Entonces el banquete deja de ser una celebración y comienza a convertirse en una metáfora. No importa demasiado si quien ocupa la cabecera llegó allí mediante el dinero, la política, una corporación, una organización, una institución o cualquier otra forma de poder. El mecanismo humano puede ser exactamente el mismo: primero se obtiene una ventaja, después se disfruta, más tarde se considera natural y finalmente se la interpreta como un derecho adquirido sobre los demás.

Quizás uno de los grandes empobrecimientos de nuestro tiempo sea precisamente esa renuncia a la complejidad. Si se habla de libertad parece obligatorio llamar sobre la desigualdad; si se habla de justicia social parece sospechoso defensor la propiedad; si se habla de mérito no puede mencionarse la oportunidad; si se habla de solidaridad alguien inmediatamente exige una etiqueta. Pero ¿por qué habría que elegir ? ¿Por qué el bienestar del otro debería convertirse en una amenaza para la libertad propia? ¿Por qué defensor la libertad debería exigir indiferencia frente al sufrimiento? ¿Por qué la prosperidad podría que avergonzarse y por qué la pobreza podría que romantizarse? ¿Por qué no podría aspirarse simultáneamente a una sociedad que produzca muchísimo más y abandone muchísimo menos?

No hace falta inventar otra ideología para formular esas preguntas. Tampoco hace falta encontrar una equidistancia artificial entre doctrinas que tienen historias, fundamentos y consecuencias diferentes. Hace falta algo simultáneamente más modesto y más difícil: pensar antes de etiquetar, escuchar antes de condenar, distinguir antes de simplificar y recordar que detrás de nuestras teorías económicas, jurídicas y políticas siguen existiendo personas. Quizás ese sea también el significado más actual de aquella vieja aspiración constitucional a promover el bienestar general sin renunciar a los beneficios de la libertad.

Hace falta profundidad. Hace falta equilibrio. Hace falta humanidad. O, como pedía Jesús Quintero con aquella cadencia que ningún texto puede reproducir del todo: Un poquito más, hombre. Un poquito más.

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