LADY MACBETH: CUANDO EL PODER CONSIGUE SILENCIAR LOS ESCRÚPULOS, PERO NO LA CONCIENCIA
William Shakespeare comprendió, cuatro siglos antes de que la psicología moderna comenzara a estudiar sistemáticamente los mecanismos de justificación moral, que uno de los mayores peligros del poder reside en la capacidad humana de convencerse de que cualquier atrocidad puede resultar legítima cuando sirve a una ambición. En Macbeth, escrita alrededor de 1606, Lady Macbeth desprecia las vacilaciones de su marido, considera la compasión una debilidad y procura arrancarle los últimos escrúpulos que lo separan del asesinato del rey Duncan. No pretende demostrarle que el crimen es justo: pretende convencerlo de que sus principios constituyen un obstáculo para conquistar el poder.
Pero Shakespeare reserva para ella una de las condenas literarias más estremecedoras. La mujer que había conseguido silenciar sus escrúpulos comienza a caminar dormida, intentando limpiar de sus manos una sangre inexistente. El pintor Johann Heinrich Füssli inmortalizó ese tormento en Lady Macbeth sonámbula (1781–1784), conservada en el Museo del Louvre. Allí aparece descalza, iluminada por una antorcha, avanzando entre las sombras mientras un médico y una dama observan su perturbación. La escena parece formular una pregunta que atraviesa los siglos: ¿qué sucede cuando alguien consigue vencer todos los límites morales que antes le impedían cometer una injusticia?
Santo Tomás de Aquino distinguía, en su reflexión sobre la conciencia, el juicio que orienta nuestros actos de aquel que posteriormente nos acusa por lo realizado. Esa perspectiva permite comprender la tragedia de Lady Macbeth, aunque sin confundir el escrúpulo previo con el remordimiento posterior. Y también obliga a una precisión fundamental: no todos los criminales padecen remordimientos, ni la ausencia de culpa subjetiva excluye la responsabilidad jurídica. Por eso las sociedades civilizadas construyeron instituciones, leyes y tribunales: porque no pueden confiar la protección de la dignidad humana a la conciencia de quienes están dispuestos a vulnerarla.
Quizás la verdadera tragedia no sea la de Lady Macbeth, que terminó atormentada por sus actos, sino la de aquellos hombres y mujeres que atraviesan la vida sin escrúpulos, sin remordimientos y sin reconocer jamás el daño que provocaron.
La piedra en la sandalia: historia de la palabra escrúpulo
Una piedrita en el calzado de un romano terminó convertida en confesionarios, manicomios, tribunales y sentencias. La historia del escrúpulo es la historia de cómo Occidente aprendió a pesar la conciencia, y de cómo, a veces, esa balanza enloquece.
Decimos de alguien que no tiene escrúpulos y creemos estar describiendo un rasgo de carácter. En realidad estamos usando una metáfora de dos mil años que ya nadie ve: la de una piedra pequeña, filosa, que se mete donde no debe y obliga a detenerse. El escrúpulo no es una virtud ni un vicio. Es una molestia que interrumpe la marcha, y toda su historia gira alrededor de una pregunta incómoda: cuándo esa interrupción nos salva y cuándo nos paraliza.
Una piedra que se volvió medida
El punto de partida es el latín scrupus, piedra áspera o filosa, de origen incierto. Su diminutivo, scrupulus, nombraba la piedrita aguda: la que se cuela en la sandalia y lastima a cada paso. Cicerón ya lo usa en sentido figurado, como causa de inquietud o ansiedad, y la lengua latina acuñó una fórmula elocuente: inyectar un escrúpulo (scrupuluminicere) a alguien, es decir, sembrarle una duda que no lo deja avanzar tranquilo. Terêncio hace decir a un personaje que todavía le queda un escrúpulo, la última piedra que impide dar el asunto por cerrado.
En paralelo, scrupulum (también scripulum) designaba la unidad de peso más pequeña del sistema romano: la vigésimo cuarta parte de una onza, poco más de un gramo. Se discute si ambas palabras son la misma (de piedrita a peso mínimo, como en inglés stone sigue siendo una medida) o si convergieron por azar; la opinión dominante las une. Esa segunda vida fue larguísima: el escrúpulo (símbolo ℈) sobrevivió en la farmacia de boticario hasta el siglo XX, equivalente a veinte granos, y por extensión se llamó escrúpulo al minuto de arco en astronomía y a una fracción mínima de la hora en el cómputo hebreo.
Ahí está la clave de todo lo que vendrá. El escrúpulo nació con dos caras: una sensación (la molestia que detiene) y una medida (la cantidad más pequeña que todavía se puede pesar). La persona escrupulosa será, desde entonces, la que siente lo que otros no sienten y la que pesa lo que otros redondean. De ahí salen las dos familias de sentido que el castellano conserva: escrupuloso como exacto y meticuloso (un escrupuloso respeto de las formas) y escrúpulo como reparo moral que frena la acción.
Cuando la piedra entró en el alma
El salto decisivo lo dio la teología moral cristiana. Con la confesión auricular obligatoria (el IV Concilio de Letrán la impuso en 1215, al menos una vez al año), millones de personas debieron examinar su conciencia con regularidad, distinguir pecado mortal de venial, pesar intenciones. Y donde hay una balanza tan fina aparece, tarde o temprano, quien no puede dejar de pesar. Los confesores medievales y modernos describieron un cuadro recurrente: fieles que se confesaban una y otra vez de lo mismo, que nunca quedaban seguros de haber dicho todo, que veían pecado donde no lo había. Lo llamaron, con precisión etimológica, escrúpulos.
El testimonio más impresionante es el de Ignacio de Loyola. En su Autobiografía, dictada en tercera persona, cuenta que en Manresa (1522) vino a tener muchos trabajos de escrúpulos: se confesaba, y las dudas volvían, cada vez más sutiles; buscaba hombres espirituales que lo remediaran, y nada le servía. Llegó a ayunar una semana entera y relata que le asaltó la tentación de arrojarse por un agujero de su cuarto. Salió de ahí con una decisión casi clínica: no volver a confesar nada del pasado. De esa experiencia nació un pequeño tratado dentro de los Ejercicios Espirituales, las notas para sentir y entender escrúpulos, donde Ignacio distingue el juicio erróneo (creer que algo es pecado cuando no lo es) del verdadero escrúpulo, que es la duda que vuelve aunque la razón ya resolvió. Es, cuatro siglos antes de la psiquiatría, una descripción exacta de la obsesión: el pensamiento que la propia persona reconoce como dañino y, sin embargo, no puede soltar.
No estuvo solo. Martín Lutero pasaba horas confesándose ante su superior, Johann von Staupitz, sin hallar paz; el psicoanalista Erik Erikson le dedicó en 1958 un estudio clásico, Young Man Luther, que lee la Reforma en parte como la salida teológica a una angustia escrupulosa (la justificación por la fe sola libera de la contabilidad infinita de las obras). John Bunyan, el autor de El progreso del peregrino, narró en Gracia abundante (Grace Abounding, 1666) años de tormento por la idea de haber cometido el pecado imperdonable. Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia y padre de la teología moral moderna, padeció escrúpulos toda su vida y escribió para los escrupulosos una regla de oro: obedecer al confesor antes que a la propia duda. Teresa de Lisieux, ya a fines del siglo XIX, recordó su adolescencia como la época de la enfermedad de los escrúpulos.
La teología advirtió algo que la clínica confirmaría: el escrupuloso no es el más santo sino el más atormentado. Su problema no es la falta de criterio moral, sino el exceso de una duda que el criterio no logra apagar.
Las leyendas: lo que se cuenta y lo que se puede probar
Toda palabra con historia termina rodeada de relatos, y conviene aplicarles el mismo filtro que a un testimonio: qué está documentado, qué es inferencia razonable y qué es simple adorno.
La versión más difundida habla del legionario romano que, en plena marcha, se detenía a sacarse una piedrita de la sandalia, y de ahí el escrúpulo como aquello que obliga a frenar. La imagen es plausible y los etimólogos la consideran el núcleo probable de la metáfora, pero la anécdota concreta del soldado no tiene fuente antigua conocida: es una ilustración moderna que se repite como si fuera un dato. Lo comprobado es la palabra y su uso figurado en Cicerón; el legionario es narrativa.
Una segunda leyenda confunde el escrúpulo con las piedritas de cálculo o de votación. Los romanos contaban con calculi (de ahí cálculo) y los griegos votaban con guijarros, lo que invita a imaginar que el escrúpulo era la piedra que decidía una condena. Es sugerente para un penalista, pero no hay base filológica: son palabras y objetos distintos.
La tercera es más sólida y más bella: la del boticario que pesaba los venenos a escrúpulo, porque en dosis mínimas se jugaba la diferencia entre el remedio y la muerte. Aquí sí hay historia documentada (la unidad existió y se usó en farmacia durante siglos), y explica por qué escrupuloso pasó a significar exacto. Lo que no está probado es que ese oficio haya originado el sentido moral, que es anterior.
Por último, la iconografía ofrece una coincidencia tentadora: La extracción de la piedra de la locura, la tabla atribuida al Bosco que guarda el Prado, donde un falso cirujano pretende curar la demencia extirpando una piedra de la cabeza. No tiene relación etimológica con el escrúpulo, y conviene decirlo, pero ilustra una intuición que atraviesa la cultura europea: la idea de que el tormento mental es un cuerpo extraño, una piedra que alguien debería poder sacar.
El escrúpulo del juez: el origen teológico de la duda razonable
Hay un capítulo de esta historia que todo abogado debería conocer. En The Origins of ReasonableDoubt (Yale, 2008), el historiador del derecho James Q. Whitman sostiene que el estándar de la duda razonable no nació como garantía del acusado, sino como un dispositivo teológico para tranquilizar la conciencia de quienes debían condenar. En la tradición cristiana, quien dudaba y aun así condenaba a un inocente cometía pecado mortal; derramar sangre injustamente ponía en riesgo el alma del juez, del testigo y del jurado. Los moralistas respondieron con una doctrina de consuelo: mientras la duda no fuera razonable, condenar no comprometía la salvación.
Dicho en el idioma de esta nota: la duda razonable fue, en su origen, una técnica para administrar escrúpulos. Separó la duda seria (que obliga a absolver) de la duda escrupulosa (que no debería paralizar el juicio). Whitman concluye que la regla sobrevivió pero cambió de función, y que esa mutación explica en parte la confusión de los jurados actuales sobre qué significa exactamente. Su tesis es discutida (fue cuestionada, por ejemplo en una reseña crítica publicada en The New Republic), pero es difícil leerla sin advertir que el in dubio pro reo y la sana crítica racional cargan una genealogía moral que rara vez se menciona.
La lección es actual. Un tribunal no puede condenar con dudas serias, pero tampoco puede absolver invocando cualquier conjetura imaginable: esa es, precisamente, la diferencia entre la duda que la prueba sostiene y el escrúpulo que la prueba ya respondió. Una cosa es sospechar, otra inferir y otra probar; el escrúpulo vive en el primer escalón y no debería decidir en el tercero.
Del confesionario a la clínica
Cuando la medicina mental se constituyó como disciplina, en el siglo XIX, heredó el cuadro que los confesores ya habían descripto, y le cambió el nombre. Jean-Étienne Esquirol publicó en 1838 el caso de Mademoiselle F., una mujer lúcida, consciente de lo absurdo de sus ideas, atormentada por el temor de haberse apropiado de algo ajeno y obligada a repetir controles y rituales para conjurarlo. Esquirol la ubicó entre las monomanías razonantes: una locura que no borra la razón, sino que convive con ella. Ese es el rasgo que la distingue del delirio y que la emparenta con el escrúpulo religioso: la persona sabe que su duda no tiene fundamento, y aun así la duda manda.
La psiquiatría francesa le dio después un nombre célebre. Jules Falret habló de folie du doute en 1866 y Henri Legrand du Saulle consagró la fórmula en La folie du douteavecdélire du toucher (1875), una monografía breve que sintetiza todo lo anterior: la duda que se repite y el miedo al contacto que contamina. En 1903 Pierre Janet publicó Les obsessions et la psychasthénie, una de las obras mayores de la psicopatología, donde el escrúpulo aparece como síntoma central de lo que llamó psicastenia: un déficit de la función de lo real, una incapacidad para dar por terminada una acción y sentirla completa. Janet acuñó incluso la idea del sentimiento de incompletud, que sigue vigente en la investigación contemporánea.
Sigmund Freud llevó la conexión religiosa al extremo. En Actos obsesivos y prácticas religiosas (1907) propuso que la neurosis obsesiva es una suerte de religión privada y la religión, una neurosis obsesiva universal: en ambas hay ceremonial, culpa y prohibición. Dos años después publicó el caso del Hombre de las Ratas (1909), su gran historial sobre la neurosis obsesiva, donde la duda, la ambivalencia y los rituales de protección ocupan el centro. Se puede discutir la teoría freudiana, pero no la agudeza de la observación.
Hoy la psicología clínica llama escrupulosidad a una forma del trastorno obsesivo compulsivo (TOC) centrada en temas religiosos o morales: el temor persistente a haber pecado, a haber mentido, a haber dañado a alguien sin advertirlo, acompañado de compulsiones como confesarse, rezar, pedir reaseguro o revisar mentalmente lo hecho. Se distingue una escrupulosidad religiosa y otra puramente moral, que afecta también a personas no creyentes. Hay obras de divulgación que se volvieron referencia: El muchacho que no podía dejar de lavarse (1989), de la psiquiatra Judith Rapoport, y The DoubtingDisease (1995), de Joseph Ciarrocchi, dedicada específicamente a los escrúpulos. El tratamiento de elección es la terapia cognitivo conductual con exposición y prevención de respuesta, a veces con fármacos: en términos de Ignacio, aprender a no volver a confesar lo ya confesado.
Conviene una distinción final, porque en el lenguaje corriente se confunden. El escrúpulo es anticipatorio: frena antes de actuar. El remordimiento es retrospectivo: muerde después. El escrupuloso sano duda antes de dañar; el escrupuloso enfermo duda de haber dañado aunque nada lo indique; el que carece de escrúpulos no duda nunca.
La sociología: escrúpulos que se fabrican y escrúpulos que se anestesian
Si la psiquiatría mira el escrúpulo que sobra, la sociología se pregunta de dónde sale y cómo desaparece. Max Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904–1905), describió la angustia del puritano que no podía saber si estaba predestinado a la salvación y que buscaba signos de elección en una vida metódica, austera, contable. El escrúpulo religioso, privado de confesionario, se volvió disciplina de trabajo: una conciencia que se vigila a sí misma todo el día.
NorbertElias, en El proceso de la civilización (1939), mostró cómo los controles externos se fueron interiorizando: lo que antes impedía el castigo, después lo impedía la vergüenza. Ese desplazamiento es la fábrica social del escrúpulo, que no es innato sino aprendido. Émile Durkheim ya había visto que toda sociedad sostiene sus prohibiciones en la fuerza de lo sagrado; el escrúpulo es, en el plano individual, el eco de esa prohibición colectiva.
Pero la pregunta más inquietante es la inversa: cómo personas comunes pierden los escrúpulos. Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén (1963), describió a un funcionario que no parecía un monstruo sino alguien incapaz de pensar lo que hacía: no necesitaba vencer sus escrúpulos porque el lenguaje burocrático nunca los despertaba. Zygmunt Bauman, en Modernidad y Holocausto (1989), sistematizó esa intuición: la división del trabajo, la distancia física con la víctima y la jerga técnica neutralizan la conciencia moral, convierten el acto en trámite.
La criminología ofrece la versión más operativa. GreshamSykes y David Matza (1957) estudiaron las técnicas de neutralización: negar la responsabilidad, negar el daño, negar a la víctima, condenar a quienes condenan, apelar a lealtades superiores. Son, literalmente, procedimientos para sacarse la piedra de la sandalia antes de delinquir. Cualquiera que haya litigado causas de criminalidad organizada, trata o corrupción las reconoce en las declaraciones: no le hice nada a nadie, ella sabía a qué venía, todos lo hacen. El delincuente sin escrúpulos suele ser, en realidad, alguien que aprendió a desactivarlos.
La pintura: una mujer que no puede dejar de lavarse
Si hubiera que elegir un cuadro para esta palabra, sería Lady Macbeth sonámbula de Johann Heinrich Füssli (c. 1784, Museo del Louvre). La escena es la del quinto acto de Shakespeare: la reina avanza dormida, con una vela, los ojos abiertos y vacíos, frotándose unas manos que ninguna agua limpia. El médico y la dama de compañía la observan desde la sombra, como dos peritos que asisten a una confesión involuntaria. Füssli, el pintor de La pesadilla, convirtió la culpa en un cuerpo que se mueve solo.
El cuadro sirve también para una precisión conceptual. Lady Macbeth no tuvo escrúpulos antes del crimen: fue ella quien empujó a su marido a matar y quien despreció sus vacilaciones. Lo que aparece después es remordimiento, y ese remordimiento toma la forma exacta de una compulsión de lavado, la misma que Esquirol describiría medio siglo más tarde en Mademoiselle F. Shakespeare intuyó que la conciencia reprimida no desaparece: vuelve por el cuerpo. No es casual que el libro de Judith Rapoport sobre el TOC hable de un muchacho que no podía dejar de lavarse.
Shakespeare, por otra parte, ya había puesto la palabra en boca de Hamlet, el gran personaje del escrúpulo paralizante. En el cuarto acto, el príncipe se reprocha que algún cobarde escrúpulo, nacido de pensar con demasiada precisión en las consecuencias, le impida actuar. Es la otra cara del concepto: el escrúpulo que deja de ser freno moral para convertirse en coartada de la inacción.
La literatura posterior exploró el extremo opuesto. Raskólnikov, en Crimen y castigo (1866), elabora la teoría del hombre extraordinario que tiene derecho a pasar por encima de la ley, es decir, a suprimir el escrúpulo por principio; Dostoievski dedica la novela entera a mostrar que la conciencia no acepta esa teoría. Y Maquiavelo, invocado siempre como el patrono de los inescrupulosos, merece una lectura más fina: El príncipe no elogia la falta de escrúpulos, sino que describe con frialdad lo que el poder exige. La confusión entre describir y aprobar es, también, un error de razonamiento.
Rostros del escrúpulo
La historia ofrece figuras que encarnan cada una de sus caras. Tomás Moro, canciller de Inglaterra, se negó a jurar el Acta de Supremacía de Enrique VIII y fue decapitado en 1535: es el escrúpulo como integridad, la conciencia que no negocia aunque el costo sea la vida. Robert Bolt lo llevó al teatro en Un hombre para todas las estaciones (1960), y su figura sigue citada como antecedente moral de la objeción de conciencia.
En el polo clínico aparece Samuel Johnson, el gran lexicógrafo inglés del siglo XVIII. Su biógrafo, James Boswell, describió sus rituales: contar pasos, tocar cada poste de la calle, volver atrás si omitía uno. Hoy se sugiere que padeció TOC o síndrome de Tourette, pero conviene marcar el límite: es un diagnóstico retrospectivo, una hipótesis razonable y no un hecho probado. Lo mismo vale para el magnate Howard Hughes, cuyo aislamiento y terror a la contaminación en sus últimos años quedaron bien documentados por testigos y biógrafos, y un análisis póstumo encargado en el litigio por su herencia concluyó que padecía un trastorno obsesivo compulsivo: también aquí se trata de una reconstrucción hecha después de su muerte.
Y en el polo opuesto, el de quienes se jactan de no tenerlos, la cultura popular construyó su propio panteón: el mafioso, el especulador, el político cínico. La fórmula sin escrúpulos se volvió un adjetivo de manual para el villano. Pero la investigación criminológica sugiere que el verdadero inescrupuloso es menos frecuente que el neutralizador: alguien que conserva sus escrúpulos y aprende a silenciarlos.
Cómo usamos hoy la palabra
El castellano actual conserva casi todas las capas de esta historia, y cada uso dice algo distinto:
Sin escrúpulos / inescrupuloso: el uso dominante, siempre como reproche. Describe a quien actúa sin freno moral, casi siempre en contextos de dinero, poder o delito.
Tener escrúpulos / no tener reparos: dudar antes de hacer algo por razones de conciencia. Es el sentido moral clásico, anticipatorio.
Escrupuloso como exacto: un escrupuloso respeto de las garantías, una investigación escrupulosa. Es la herencia de la balanza del boticario; en el lenguaje jurídico es elogio de rigor.
Me da escrúpulo como aprensión física: el Diccionario de la lengua registra el recelo de comer o usar algo por temor a la suciedad o el contagio. Es el sentido más cercano, sin saberlo, al délire du toucher de Legrand du Saulle.
Escrupulosidad: término técnico de la clínica para la forma moral o religiosa del TOC.
Para quien escribe sobre causas judiciales hay una advertencia final. Llamar a un imputado sin escrúpulos es una caracterización moral, no jurídica. El Código Penal no castiga la falta de escrúpulos sino conductas típicas, y cuando el calificativo reemplaza a la prueba, el relato se desliza hacia un derecho penal de autor: se juzga lo que alguien es en lugar de lo que hizo. La alevosía, el ensañamiento o el precio son circunstancias que deben probarse; la ausencia de escrúpulos, en cambio, suele ser la conclusión que el periodismo anticipa y que el tribunal todavía no puede sostener.
La piedrita romana sigue cumpliendo su función original. Nos detiene. La pregunta, hoy como en Manresa, en la Salpêtrière o en una sala de audiencias, es si esa detención responde a algo real o a una duda que la razón ya contestó. Sin escrúpulos no hay conciencia; con demasiados, no hay vida. Entre ambos extremos está el lugar donde se juzga bien: la duda que la evidencia sostiene, y ninguna otra.
Fuentes
Las fuentes de una inquietud que atraviesa los siglos
La historia de los escrúpulos no pertenece exclusivamente a la religión, a la filosofía, a la medicina ni al derecho. Es una historia de la condición humana, escrita durante siglos por quienes intentaron comprender por qué una pequeña duda puede convertirse en un tormento y por qué, paradójicamente, otros seres humanos consiguen cometer las mayores atrocidades sin experimentar el menor remordimiento.
Para reconstruir ese recorrido fue necesario regresar a las raíces latinas de scrupulus, conservadas en el diccionario de Lewis y Short y examinadas en los estudios etimológicos de Etymonline y Word Histories; acompañar a san Ignacio de Loyola en las angustias espirituales que dejó relatadas en su Autobiografía y en las reflexiones sobre los escrúpulos de sus Ejercicios Espirituales; escuchar las confesiones atormentadas de John Bunyan en Gracia abundante y aproximarnos al joven Martín Lutero a través de la interpretación psicológica e histórica de Erik H. Erikson. También fue necesario ingresar en los antiguos consultorios de la psiquiatría europea, donde Jean-Étienne Esquirol, Henri Legrand du Saulle y Pierre Janet comenzaron a estudiar aquellas dudas persistentes que podían transformar la vida cotidiana en una prisión invisible.
Sigmund Freud exploró después las relaciones entre los actos obsesivos y las prácticas religiosas, mientras Judith Rapoport y Joseph Ciarrocchi contribuyeron, desde perspectivas contemporáneas, a comprender las obsesiones, las compulsiones y la escrupulosidad religiosa. Pero la conciencia individual no explica por sí sola los grandes comportamientos colectivos.
Max Weber y NorbertElias permitieron ampliar la mirada hacia las transformaciones culturales de la modernidad; Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, y Zygmunt Bauman, en Modernidad y Holocausto, obligaron a interrogarse sobre la obediencia, la burocracia y la posibilidad de que el mal encuentre refugio en la aparente normalidad de las instituciones. GreshamSykes y David Matza estudiaron los mecanismos mediante los cuales las personas neutralizan moralmente sus propias transgresiones. Y desde el derecho, James Q. Whitman, en The Origins of ReasonableDoubt (Yale University Press, 2008), recuperó una historia tan sorprendente como inquietante: la relación entre la duda razonable, la conciencia religiosa y el temor de quienes debían juzgar a condenar injustamente.
Finalmente, la literatura y la pintura ofrecieron aquello que los tratados científicos no siempre consiguen expresar. William Shakespeare, en Hamlet y Macbeth, convirtió la vacilación, la ambición y el remordimiento en tragedias universales; Johann Heinrich Füssli, con su Lady Macbeth sonámbula, conservada en el Museo del Louvre, les dio un rostro, una antorcha y una oscuridad imposible de disipar. Estas obras, documentos y estudios, procedentes de épocas y disciplinas diferentes, no sostienen necesariamente las mismas conclusiones, pero permiten seguir las huellas de una pregunta que permanece abierta desde la Antigüedad: ¿por qué algunas conciencias sufren por una falta que acaso nunca cometieron, mientras otras consiguen convivir serenamente con el daño que han causado? Tal vez esa sea la paradoja más dolorosa de los escrúpulos: que su ausencia puede resultar mucho más peligrosa para los demás que su presencia para quien los padece.




