Esta semana hablaron algunos de los principales acusados. Laudelina reconoció que mintió sobre el accidente. Benítez dijo que ella puede saber la verdad. Maciel sostuvo que el accidente efectivamente ocurrió y señaló a Pérez, Caillava y a la propia Laudelina. Se acusaron, se contradijeron, reconstruyeron conversaciones, silencios y sospechas. Y todavía falta: Maciel anticipó que pretende continuar declarando la semana próxima. Después de escucharlos queda una paradoja insoportable: cada vez sabemos más acerca de lo que dicen los imputados y todavía no sabemos dónde está Loan.
UNA SEMANA DE PALABRAS
El juicio oral por la desaparición de Loan Danilo Peña ingresó esta semana en uno de sus momentos más importantes. Ya no fueron solamente peritos, policías, vecinos o testigos quienes reconstruyeron fragmentos de aquel 13 de junio de 2024. Hablaron algunos de quienes están sentados frente al Tribunal acusados por la desaparición del niño. Y cuando habla un imputado en un juicio penal ocurre algo que conviene explicar con claridad: ejerce un derecho constitucional. Puede declarar, negar, explicar, callar, contestar algunas preguntas y otras no. Su declaración debe ser escuchada y valorada, pero declarar no es probar. Una afirmación no se transforma en verdad porque haya sido pronunciada solemnemente frente a tres jueces. Precisamente por eso esta semana resultó tan reveladora, no necesariamente porque haya proporcionado la respuesta definitiva, sino porque dejó expuestas, una frente a otra, versiones que difícilmente puedan convivir sin que alguna termine derrumbándose.
LAUDELINA: LA MENTIRA CONFESADA
Laudelina Peña produjo el primer terremoto. Admitió ante el Tribunal que había mentido cuando instaló la versión según la cual Loan había sido atropellado. Pidió perdón y atribuyó aquella construcción a quien fuera su abogado, José Fernández Codazzi. Según su declaración actual, ella nunca vio el accidente. La admisión tiene una enorme importancia, pero debe ser jurídicamente colocada en su lugar: que una persona reconozca que una versión anterior era falsa no convierte automáticamente su nueva versión en verdadera. Apenas acredita algo mucho más limitado y, al mismo tiempo, gravísimo: que existió una mentira que ingresó en una investigación sobre la desaparición de un niño y que durante un período obligó a investigadores, fiscales y jueces a trabajar sobre ella. Entonces aparecen preguntas inevitables: si el accidente fue inventado, ¿por qué se inventó?, ¿quién participó realmente de su construcción?, ¿por qué se eligió precisamente un atropellamiento?, ¿a quién beneficiaba esa hipótesis?, ¿qué línea investigativa desplazó mientras estuvo vigente? Laudelina fue todavía más lejos: señaló que Millapi, Ramírez y su propio esposo, Antonio Benítez, eran quienes podían haber visto u oído algo porque estaban próximos a Loan, y también describió conductas de Maciel que dijo haber considerado extrañas durante las primeras horas de búsqueda. Otra vez: son sus dichos. Ahora deben sobrevivir al contradictorio.
BENÍTEZ: “CREO QUE SABE LA VERDAD”
Después habló Antonio Benítez. Su declaración introdujo nuevas escenas y nuevas sospechas. Relató haberse sentido incómodo durante el almuerzo ante Pérez y Caillava, recordó conversaciones que se habrían interrumpido cuando él apareció, reconstruyó sus movimientos y negó cualquier participación en la desaparición. Pero dejó una frase imposible de ignorar respecto de Laudelina, su esposa y madre de sus hijos: “Creo que sabe la verdad”. Ahí comienza otro problema. ¿Qué verdad? Porque Benítez también sostuvo que conoce a Laudelina y puede advertir cuándo miente, mientras vuelve a otorgar credibilidad a aspectos de la hipótesis del accidente que ella acaba de reconocer ante el Tribunal como una mentira. La contradicción no permite concluir culpabilidad; sería jurídicamente inadmisible hacerlo. Pero sí habilita preguntas legítimas: ¿qué parte del relato de Laudelina considera verdadera Benítez?, ¿por qué?, ¿desde cuándo lo cree?, ¿qué sabía él acerca de aquella versión?, ¿por qué después de más de dos años aparecen ahora recuerdos y sospechas que colocan el foco sobre otros imputados? El proceso penal no condena contradicciones. Pero las contradicciones se investigan, se confrontan y se valoran.
Y ENTONCES HABLÓ MACIEL
Este jueves llegó la declaración que generaba una enorme expectativa: Walter Maciel. El excomisario no se limitó a rechazar la acusación. Construyó una explicación integral de lo que, según su convicción, ocurrió con Loan. Dijo que hubo un “atropellamiento, posterior levantamiento y ocultamiento”. Señaló como responsables directos a Carlos Pérez, María Victoria Caillava y Laudelina Peña. Afirmó, en cambio, que Ramírez, Benítez y Millapi “no tienen nada que ver” y atribuyó a Laudelina el desvío de la investigación. Maciel sostuvo que llegó a esa conclusión analizando durante su detención las pruebas incorporadas a la causa y lo ocurrido durante el propio debate. Incluso afirmó que las evidencias serían contundentes y reivindicó haber promovido prueba odorífica y haber dispuesto medidas respecto de los vehículos de Pérez y Caillava. Pero aquí aparece una circunstancia extraordinaria: Laudelina acaba de decir que el accidente fue una mentira y Maciel afirma que el accidente fue la verdad. Los dos relatos no pueden aceptarse simultáneamente en esos términos. Y todavía hay más: Maciel sostiene que Laudelina mintió tantas veces que cuando dijo la verdad nadie le creyó. Es decir, según su interpretación, aquella versión del atropellamiento que Laudelina hoy califica como inventada habría sido precisamente una de las oportunidades en que estaba diciendo la verdad. Eso ya no es una diferencia menor: es una contradicción central que el juicio deberá resolver mediante prueba.
MACIEL TODAVÍA NO TERMINÓ
Pero Maciel todavía no terminó de hablar. Anticipó que pretende continuar declarando la semana próxima y ese dato adquiere una importancia especial después de la contundencia de lo que acaba de afirmar. Porque el excomisario no presentó solamente una sospecha: propuso una secuencia completa -atropellamiento, levantamiento y posterior ocultamiento- e individualizó a quienes considera responsables. Cuanto más precisa es una hipótesis, mayor es también su necesidad de corroboración. ¿Dónde habría ocurrido exactamente el impacto? ¿Qué prueba material acredita que existió? ¿Quién levantó a Loan? ¿En qué vehículo? ¿Adónde lo llevaron? ¿Cómo se produjo posteriormente el ocultamiento? ¿Qué intervención concreta atribuye a Pérez, a Caillava y a Laudelina? Y aparece una pregunta todavía más importante: ¿cómo sabe Maciel que después del supuesto atropellamiento Loan fue levantado y su cuerpo ocultado? ¿Lo presenció? ¿Alguien se lo contó? ¿Lo infiere de las pruebas? ¿De cuáles? No es una diferencia semántica. En un proceso penal existe una distancia enorme entre saber, haber oído, deducir y suponer. Si Maciel decide ampliar su declaración la próxima semana tendrá la oportunidad de explicar precisamente eso. Y deberá hacerlo frente a una dificultad formidable: Laudelina acaba de declarar que el accidente fue una mentira mientras Maciel sostiene que fue la verdad. El Tribunal no deberá elegir cuál relato resulta más atractivo. Tendrá que determinar qué parte de cada uno encuentra corroboración objetiva e independiente. Porque si algo está mostrando este juicio es que las palabras sobran y la prueba todavía tiene que separar la verdad de todas las versiones construidas alrededor de ella.
EL BOTÍN OTRA VEZ
Y vuelve a aparecer el botín. Laudelina negó responsabilidad en su colocación y describió cómo su hija Camila lo encontró durante la búsqueda. Maciel afirmó exactamente lo contrario: sostuvo que Laudelina habría implantado el botín con la complicidad de Pérez y Caillava. ¿Quién dice la verdad? No alcanza con elegir el relato que resulte más convincente. El proceso penal moderno no funciona mediante intuiciones. Habrá que regresar a fotografías, horarios, comunicaciones, geolocalizaciones, testimonios, rastros, pericias y cada elemento objetivo disponible. Porque una declaración puede explicar una prueba. Lo que no puede hacer es reemplazarla. Y el botín no constituye un detalle periférico: si se demostrara que fue deliberadamente colocado, la cuestión decisiva ya no sería solamente quién lo hizo, sino para qué se hizo, qué se pretendía provocar en los investigadores y qué dirección tomó la pesquisa como consecuencia de su aparición.
TODOS SEÑALAN A ALGUIEN
Después de esta semana aparece un fenómeno que merece atención. Laudelina señala a otros. Benítez señala a Laudelina y coloca sospechas sobre Pérez y Caillava. Maciel señala a Pérez, Caillava y Laudelina y desvincula a otros tres acusados. Cada uno niega su propia participación. Nada de esto es jurídicamente reprochable por sí mismo. Defenderse es un derecho y nadie está obligado a incriminarse. El artículo 18 de la Constitución Nacional constituye un límite infranqueable y la presunción de inocencia continúa vigente para todos. Pero una cosa es respetar rigurosamente las garantías constitucionales y otra muy distinta renunciar a formular preguntas. Y las preguntas se acumulan: si hubo accidente, ¿dónde está la prueba material definitiva del atropellamiento?, si Loan fue levantado después del supuesto impacto, ¿quién lo levantó?, ¿adónde lo llevaron?, ¿cómo habría sido ocultado?, ¿quién participó? Si el accidente nunca existió, ¿por qué fue construida esa historia con semejante precisión?, ¿quién ganó tiempo con ella?, ¿quién perdió tiempo?, ¿qué investigación dejó de hacerse mientras todos miraban hacia allí?
LA PRUEBA NO TIENE RELATO
Los jueces tendrán una tarea particularmente delicada. No deberán decidir qué declaración les resulta psicológicamente más atractiva ni quién habló con mayor seguridad. Deberán confrontar cada relato con la totalidad de la prueba producida bajo las reglas de la sana crítica racional: coherencia interna, corroboración externa, persistencia, compatibilidad temporal, evidencia científica, testimonios independientes, comunicaciones y conductas anteriores, concomitantes y posteriores al hecho cuando resulten jurídicamente relevantes. El juicio oral tiene una virtud que ninguna investigación escrita puede reemplazar completamente: pone los relatos frente a frente. La inmediación permite observarlos, el contradictorio permite atacarlos, la publicidad permite controlarlos y la sentencia deberá finalmente explicar, racionalmente y sin saltos lógicos, por qué determinada hipótesis quedó acreditada y otra no. No alcanza con estar convencido. Hay que demostrar por qué.
LOAN SIGUE FALTANDO
Después de una semana extraordinaria del juicio sabemos que Laudelina reconoce haber mentido. Sabemos que Benítez cree que ella sabe la verdad. Sabemos que Maciel considera verdadero precisamente el accidente que Laudelina ahora niega, responsabiliza a Pérez, Caillava y a ella y, además, anuncia que todavía tiene más para declarar la próxima semana. Sabemos también que cada declaración abrió nuevos interrogantes sobre comportamientos, conversaciones y decisiones adoptadas durante aquellas primeras horas. Pero hay algo elemental que seguimos sin saber: dónde está Loan. Y esa ausencia obliga a recuperar el centro de gravedad del proceso, porque existe el riesgo de que la enorme cantidad de personajes, abogados, policías, peritos, acusaciones cruzadas, teorías, operaciones, pistas falsas y controversias termine desplazando de escena precisamente a la única persona que jamás eligió participar de esta historia. Loan tenía cinco años. No declaró. No pudo defenderse. No pudo explicar qué ocurrió. Otros llevan más de dos años haciéndolo por él.
TODOS HABLAN. ¿Y LOAN?
Después de escuchar durante esta semana tantas certezas contrapuestas quizá haya que formular preguntas mucho más sencillas: ¿quién se llevó a Loan?, ¿dónde está?, ¿para qué se lo llevaron? Y una cuarta, que después de todo lo escuchado empieza a resultar inevitable: ¿quién sabe la respuesta y todavía no la dijo? El proceso penal exige prudencia. La República exige respetar la presunción de inocencia. La sentencia deberá fundarse exclusivamente en prueba legítimamente incorporada y racionalmente valorada. Pero ninguna garantía constitucional exige ingenuidad. Después de más de dos años, tantas mentiras reconocidas, versiones modificadas, acusaciones cruzadas y certezas incompatibles no pueden convertirse en paisaje. Esta semana hablaron mucho y la próxima Maciel promete seguir hablando. Ahora la prueba tendrá que decir quién dijo la verdad. Y mientras eso ocurre hay una realidad que ninguna estrategia defensiva, ninguna hipótesis y ninguna discusión jurídica consigue modificar: Loan sigue sin aparecer.




