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jueves 19 de septiembre, 2019
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MARTHA WOLFF. Los parisinos y el miedo otra vez.

El incendio de ayer de parte de su techadura y aguja gótica de la Catedral de Notre Dame, más allá de lo que significa como pérdida material incalculable y ser parte del paisaje parisino, fue un impacto asociado de inmediato con un atentado. Real o no, significó el otra vez probable y ya efectuado al atacar lugares religiosos como iglesias, sinagogas y mezquitas, ciudades consideradas herejes, edificios emblemáticos, esculturas milenarias, estrellar coches contra multitudes, etc. todo esto en nombre del odio y la intransigencia ante creencias absolutas. Siento que el dolor que se sintió frente a esa emblemática catedral fue el temor a su destrucción en este caso por el fuego y en otras por incendios provocados y su rezo del nunca más.

La pérdida de los lugares comunes que forman parte de nuestras vidas son irremplazables porque sus imágenes quedan incorporadas en nuestras mentes. Nosotros los argentinos somos testigos y testimonio de lo que fue la destrucción de la Embajada de Israel y la AMIA. En el primer caso pasó a ser una plaza seca con los nombres de los asesinados en sus paredes y en el segundo, su reconstrucción en el mismo predio, pero alejado de la calle amurallada.

En Nueva York son los habitantes que saben del atentado a las Torres Gemelas y de la fuente que las reemplaza con memorial una fuente de mármol negra donde están también perpetuados los nombres de los muertos y donde el agua que cae en cascadas es el simbolismo de que lo que se va no vuelve.

A los afganos  les quedaron los huecos con la voladura de sus  dos colosos de Buda esculpidos en roca entre los siglos III y IV en la provincia central de Bamiyán y buscan en la mirada lo que no está. .

A los españoles el atentado a la Central Ferroviaria de Atocha una escultura gigante muestra a gente con sus pertenencias yendo o volviendo de viaje para recordarlos.

Así podría seguir enumerando  cantidad de lugares que fueron destruidos por el terrorismo y que de ellos queda el recuerdo, el vacío y el fantasma que pertenecieron a la cotidianidad.

La memoria debe rendir homenaje a aquellos espacios de paz transformados en una guerra sin soldados con armas letales tan livianas y pequeñas como para matar a lo grande.

Por eso he pensado que ayer el mundo tembló ante las llamaradas de fuego que subían al cielo junto al humo negro como pidiendo ayuda para apagar esa locura que consumía un sitio de orgullo arquitectónico milenario y cita obligada de franceses y de turismo internacional.

Ayer hubo pánico de que se repitiera la noticia de que hubiera sido un atentado. Ayer los franceses después de las incursiones de los chalecos amarillos que se permitieron lo que nunca nadie se había atrevido a hacer antes como pintar el Arco de Triunfo, atacar oficinas públicas, convertir la Avenida Champs Élysées en un campo de batalla de negocios destruidos, robados y quemados, coches destrozados, gases lagrimògenos, en fin sin reparos dañar el bien público y privado. Así ayer París recordó “Arde París” porque aunque hubo orden institucional vivieron una anarquía en la hoy todo es posible.

INVITADA
Martha Wolff
Escritora y periodista