Por Alejandro Vecchi
C.A.B.A. 13 de abril del 2026

En medio de la cobertura mediática de casos sensibles, se instaló una idea tan impactante como equivocada: que la mayoría de los niños víctimas de trata son entregados por sus propios padres. Sin embargo, los datos de organismos internacionales muestran una realidad muy distinta, más incómoda y mucho más compleja.
Cuando el relato reemplaza a la evidencia
En tiempos de sobreinformación, no todo lo que se repite es verdad. Algunas afirmaciones logran instalarse no por su sustento, sino por su capacidad de impactar. Entre ellas, una de las más graves en materia de criminalidad contemporánea: la idea de que los padres son, en su mayoría, quienes entregan a sus hijos a redes de trata.
El problema no es solo que esa afirmación sea incorrecta. El problema es que simplifica un fenómeno que, por definición, es complejo. Y cuando se simplifica mal, se investiga peor.
Lo que dicen los organismos internacionales
Los informes de UNODC —en particular el Global Report on Trafficking in Persons— muestran que los niños representan una proporción significativa de las víctimas detectadas a nivel global, pero no identifican a los padres como los principales responsables del delito.
Por su parte, UNICEF es clara en otro punto clave: la trata infantil se explica principalmente por contextos de vulnerabilidad estructural. Pobreza, exclusión social, migración forzada, conflictos armados y debilidad institucional aparecen de manera sistemática como factores de riesgo.
En ese escenario, el tratante no necesita una decisión parental. Necesita algo mucho más frecuente: fragilidad.
La clave jurídica: el abuso de vulnerabilidad
El derecho internacional es contundente en este punto. La trata de personas se configura, entre otros supuestos, cuando existe abuso de una situación de vulnerabilidad.
Esto implica algo fundamental: incluso cuando una conducta puede parecer “consentida”, deja de ser jurídicamente relevante si está condicionada por la necesidad, el miedo o la falta de alternativas reales.
Dicho de otro modo, no hay libertad donde hay desesperación.
Una estructura criminal, no un fenómeno doméstico
La evidencia criminológica coincide en que la trata de personas es una actividad organizada, con redes que operan a nivel local e internacional, generando enormes beneficios económicos.
No se trata de decisiones aisladas ni de dinámicas familiares generalizadas. Se trata de un sistema que capta, traslada y explota a personas en condiciones de debilidad, utilizando engaño, coerción o manipulación.
Reducir esa estructura a la figura de los padres no solo es impreciso: es funcional a la invisibilización de los verdaderos responsables.
El daño de las explicaciones simplistas
Las consecuencias de este tipo de afirmaciones no son neutras. Instalar que “los padres entregan a sus hijos” produce efectos concretos:
- Revictimiza a las familias
- Desvía el foco de la investigación
- Refuerza prejuicios en lugar de aportar claridad
En materia penal, trabajar sobre prejuicios no es un error menor. Es, muchas veces, la antesala de decisiones equivocadas.
Volver a lo esencial
La trata de niños no se combate con frases contundentes, sino con diagnósticos precisos.
Los datos disponibles son claros: no existe evidencia que sostenga que los padres sean los principales responsables del delito. Sí existe, en cambio, una acumulación consistente de información que muestra la incidencia de factores estructurales y la intervención de redes criminales organizadas.
Confundir una cosa con la otra no ayuda a comprender el problema. Mucho menos a resolverlo.
Advertencia para los abogados y el periodismo serio.
En un terreno tan sensible como la protección de la infancia, la responsabilidad en el uso de la palabra es tan importante como la investigación misma.
Porque cuando la información se desvía, también se desvía la justicia.
Y en delitos como la trata de personas, ese desvío no es abstracto: tiene consecuencias reales sobre víctimas reales.




