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sábado 24 de agosto, 2019
Invitado

MARTHA WOLFF. Enero en Buenos Aires.

 Crónica de una ciudadana que veranea en la ciudad.

Hace años que por distintas razones me quedo en el mes de enero en Buenos Aires.

Debo confesar que al llegar las fiestas de fin de año y escuchar sobre las vacaciones planificadas de la gente y luego al comenzar el año verlos partir, sentía al principio una especie de angustia, de desamparo de amigos y familiares y a veces de envidia. Pero al permanecer en la ciudad ésta me devolvió una gran lección de vida. Una de ellas es que al emigrar por días,  semanas o más los porteños con sus autos cargados de valijas llenas  y todo tipo de implementos, comestibles para la cocina rápida y demás  la ciudad queda aparentemente vacía, y ahí radica el encanto de sobrevivir un verano caliente sintiendo que uno es dueño de la misma.

Es casi mágico desplazarse en minutos hacia destinos que antes duraban una eternidad por el tráfico. Inclusive los ruidos que se desprenden en pleno ritmo durante el año por los autos quedan como un suave rodar por el pavimento y la vigilia se transforma en sueño.

Buenos Aires es una ciudad atiborrada de transeúntes, choferes, vehículos, motos, bicicletas que reemplazaron el caminar por pedalear. Están los que con sus ropas deportivas colman  sendas, calles, paseos, jardines y todo lugar para trotar o los vestidos más informalmente para dirigirse a sus trabajos, citas, bocas de subtes, parada de colectivos, distracción y curiosidad.

La ciudad no descansa con sus ofertas de teatros, cines, nuevos espacios de arte, museos,

talleres, milongas, restaurants, comidas rápidas y los cafés, esa tregua porteña de charla y encuentro.

En enero la ciudad queda como un cielo que se despeja después de una tormenta cargada de nubarrones tan grises como el smog que emanan los caños de escape y el resto de la polución de las aglomeraciones y concentraciones urbanas. Los que quedamos aquí vemos el cielo,  los árboles, los vecinos que encienden alternadamente las luces al anochecer tardío de esta época del año. Y como un juego visual pensar quienes están y no  en sus departamentos que es como un censo inconsciente de los que se fueron en busca de sol, frío, nieve, mar o montaña y de los que se quedaron, privilegiados de sentir más humana a la ciudad.

Buenos Aires para los porteños sin vacaciones en realidad son vacaciones, porque  nos desplazamos por el entramado de calles y avenidas como seres normales y no enloquecidos por llegar tarde a algún lugar. Somos los que caminamos sin esquivar al otro, los que entramos a comer sin hacer cola, los que conseguimos entradas a último momento, los que nos podemos quedar rezagados un poco más en el cama, los que hacemos compras sin adivinar en qué caja nos atenderán antes en los supermercados, y también somos los que padecemos el calor agregado de los aires calientes que se despiden los aires acondicionados.

Lo cierto es que vivir en enero en la ciudad es sentir que todo lo que te rodea está a la vista.

Los museos te refrigeran como los teatros y las oficinas y solo el tramo salvaje de salir y entrar para encontrarte con el sopor de la hoguera que significa más allá de 30ª es un precio que hay que pagar y que también pagan los que se van a dorarse bajo el zenit.

Claro que el aire fresco marino no es el del  Río de la Plata, pero no deja de ser tentador al atardecer ir a comerse un choripan o un churrasco a la Costanera esperando que mitigue el tiempo con su azote típico de temporada.

Buenos Aires es una ciudad millonaria en propuestas culturales, un mundo de milongas para el tango que florece día a día para desafiar a la soledad, de pequeños shows de grandes artistas, de presentaciones de libros, de bares con conferencias y prácticas de idiomas y los cines donde con el placer del frío artificial se puede ver la mejor película recién estrenada.

Mi Buenos Aires Querido…cantaba Gardel añorando barrios y minas y es la mejor frase con la que puedo terminar de escribir este homenaje a Buenos Aires en verano.

Por Martha Wolff

Periodista y escritora

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