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miércoles 28 de julio, 2021
Invitado

Martha Wolff. Fantasmas y duendes en Pasteur 633.

Pasteur 633 fue y es la dirección de AMIA, Asociación Mutual Israelita Argentina. Fue porque existió hasta el 18 de julio de 1994 el edificio de ayuda social, educación, cultura y sede de la comunidad judía, hasta que un atentado terrorista la atacó, murieron 85 personas, se destruyó gran parte de su edificio y fue reconstruido para seguir funcionando.

Sobre los escombros esa institución continúa en acción honrando sus objetivos a pesar del luto que un largo cartel, en el muro que lo separa de la calle, denuncia el nombre de los asesinados, en blanco sobre fondo negro.

Sobre esa calle en la que pasan autos y colectivos, transeúntes, vendedores ambulantes, negocios que siguen su rutina, los vecinos damnificados, los recuerdos vigentes de la explosión, los árboles en las veredas con carteles en memoria de las víctimas, los ruidos cotidianos y los silencios de anteayer, desde hace 27 años esa tragedia está presente en cada uno a su manera, en ese tramo de Pasteur, entre Tucumán y Viamonte.                             

Lo que parece ser un edificio retirado de la línea edilicia es en realidad un desafío al derecho a existir como comunidad judía. Una muralla separa dos mundos, porque antes, como todas, era una más de las colectividades que habían llegado al país para trabajar y continuar con sus costumbres y beneficencia hacia sus hermanos. Ahora es la única, al igual que las otras sociedades y templos judíos, que tuvieron que cambiar sus fachadas de acceso directo,  por defensas  y pilotes. Pero desde que la AMIA fuera el segundo blanco contra la comunidad judía en ese barrio, en la ciudad, en el país, como en el mundo ante ese flagelo, ya nada es igual, lo denuncia su estación de subte y las paredes de los edificios cercanos con arte recordatorio, los puntos de acceso y partida de los fugaces pasajeros que caminan, miran, observan lo plasmado, lo perpetuado en las pinturas y murales, en homenaje a aquellos que no regresarán jamás. Ese tramo de calle y avenida, están envueltos en un áurea de pena, dolor y muerte por lo que allí sucedió.

Ese tramo de la ciudad tiene dos habitantes: los fantasmas  y los duendes. Los fantasmas son  las sombras de los que perpetraron ese crimen,  que se ocultan entre el terrorismo internacional y la NO Justica Argentina. Los duendes son los que rondan ese predio, son los que esperan los 18 de julio para escuchar la voz de los que gritan: ¡Presentes! Son los que ya nunca volverán. Los fantasmas son quienes  estafaron el derecho a la vida de gente que estudiaba, trabajaba, soñaba y amaba. Los duendes son las almas con luz que siguen pululando para darle presencia a sus ausencias, porque amaban la vida.

Los judíos de todos los tiempos nunca olvidaron, nunca dejaron de poner una piedrita sobre las tumbas de sus seres queridos, nunca dieron un paso al costado para dar testimonio de las persecuciones y matanzas, nunca dejaron de rezar mirando hacia Jerusalén, el lugar más cerca de Dios en el mundo, nunca abandonaron la peregrinación en el desierto que fue y es el camino de su fe, pertenencia y amor a su pueblo. Hoy AMIA intramuros, es un templo simbólico y real, por donde el que pasa reza kadish por los duendes invisibles pero presentes, que esperan ser redimidos pidiendo Justicia para condenar a los fantasmas culpables que son de carne y hueso.

Entre el muro y el edificio de AMIA hay un patio en el que una menorá de nueve  brazos,  del artista israelí Yaacov Agam, de múltiples diseños multicolores, se alza hacia el cielo implorando la eterna plegaria: ¡Amén!

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora