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viernes 25 de septiembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. No fue oro todo lo que relució el 10 de diciembre.

El 10 de diciembre del año 2019 fue un día en el que, como corresponde a un país democrático, la finalización de un periodo presidencial, el que termina entrega el poder al que asume, con el protocolo que merece una transición gubernamental correctamente. Y digo correctamente porque la anterior no lo fue. Fue la no aceptación de haber perdido las elecciones al no entregarle la banda y el bastón presidencial del saliente presidente al nuevo que regiría los destinos del país por cuatro años. En el actual traspaso el abrazo de los dos en juego fue un acto de buena fe y esperanza y se lo vivió como dos caballeros en sus respetuosos roles. La que demostró su rencor puesto ya de manifiesto hasta el ataque verborrágico y actoral en Comodoro Py e irreverente ante la Justicia lo que volvió a hacer en el Congreso. El desprecio hacia el presidente saliente al entrar al mejor estilo de venganza de las novelas hacia el amante como una despechada, en realidad quería ser el blanco de las miradas y de blanco estaba vestida. En principio pareció que espantaba los malos espíritus o la mala onda y la interpretación al margen fue que pidió un abanico, que no usó después en el calor demoledor en Plaza de Mayo, en el que no había aire acondicionado como en el recinto del Congreso.

Esa actitud de feminismo a ultranza, como se recuerda a Golda Meir a la que se llamaba el mejor hombre del gobierno israelí o la Margaret Thatcher, la Dama Hierro de Inglaterra, apodos machistas a las mujeres fuertes, pero nada parecido a la que iba a asumir la Vicepresidencia de la Nación, a la que se puede apodar la Señora del Desprecio o del Rencor. La indiferencia ante el saludo de manos y el rechazo por la lapicera que Dios no permita, usó el Presidente que terminaba el cargo, demuestran que la grieta del odio sigue vigente a pesar de todo lo que se dijo en pos de vivir colaborando para salir adelante, social, política y económicamente. Y la preocupación de controlar de reojo, lo que estaba exponiendo cuando se inauguraba ante el Parlamento argentino su elegido, hizo destilar un control autoritario que la Señora no puede negar.

Todo evidente y tanto, que ante la actitud del nuevo Presidente, en el escenario montado delante de Casa Rosada, que se dirigiera al pueblo en la Plaza de Mayo antes que él, dio la pauta de devolver los favores prestados, pero también de cortesía. Al dirigirse a la multitud enardecida por la temperatura reinante y por el fervor partidario, habló con las muletillas agresivas y retóricas, en vez de dar un mensaje de amor y de futuro.

Para ella siempre lo que pasó sin su autoría fue tierra arrasada y lo que ella dio fue tierra cultivada, aunque no coincide con las estadísticas de hace cuatro años atrás. En su discurso se olvidó de decir que al retirarse la gente que la ovacionó hasta las lágrimas, fue que la multitud debería haber tenido que levantar lo que tiraba, ya que ahí y a lo largo de la Avenida de Mayo, quedó un cementerio de consumo que no fue la demostración de un país con hambre y de cotillón partidista. También eso lo habría que haber propuesto el Presidente electo de los argentinos. Ese hubiese sido el comienzo de un trabajo conjunto para mejorar la sociedad.


Invitada
Martha Wolff
Periodista y escritora