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jueves 24 de septiembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Otro año de duelo.

Hay dos historias judías: una es la de la diáspora de las comunidades como minoría y la otra es la sionista donde pasaron a ser mayoría. La primera es la de los judíos que huyendo de persecuciones fueron recibidos en otros países, se afincaron, conservaron sus tradiciones, aportaron lo suyo al nuevo lugar y luego fueron rechazados, expulsados o asesinados. En la otra, en vez de ser nómades pasaron a ser residentes y dueños de su tierra.

Ese metódico accionar en algunas partes tardó siglos, en otras, la medida del odio iba creciendo según las influencias religiosas enemigas al judaísmo. Fue una dialéctica que esgrimieron todos los antisemitas en nombre su Dios único y verdadero cuando hubo conflictos políticos y económicos. Basta hacer un relevamiento de sus barrios, sinagogas, cementerios y activismo local tanto comunitario como nacional, para mostrar que siempre fue más de lo mismo, a lo que se le agregó hace décadas el terrorismo para dejar sus huellas como los dos atentados contra la comunidad judía en la Argentina.

Los que conocimos el edificio de la AMIA, antes del ataque del 18 de julio de 1994, recordamos que su frente estaba en la misma línea que todos los edificios de la cuadra. Después del ataque, la reconstrucción del edifico se hizo para resguardarlo retirado del muro. Lo que habla de inseguridad y de precaución, porque el peligro contra la comunidad sigue vigente. La evidencia está en los pilotes frente a las instituciones, además de los controles. Así hoy la AMIA tiene un nuevo edificio reforzado como los que se construyen en zonas sísmicas, en Nueva York después del atentado a las Torres Gemelas, y en cualquier parte para proteger el derecho a la vida de los que los habitan por sobre todas las cosas.

Lo que la tragedia de los 86 muertos de la AMIA y sin Justicia para condenar a los culpables ha logrado, es haber convertido un barrio judío en un referente turístico para los que visitan el país, y un lugar de duelo para los familiares. Todos lo que por allí pasan, rezan con sus ojos los nombres y apellidos de los muertos en el atentado. Los asesinos sepultaron a judíos y no judíos bajo las ruinas de la explosión, al estilo de una fosa común, como lo hacían los nazis. Pero sus nombres escritos en el frente están para honrarlos y ser revividos. Cuando familiares y los concentrados en el acto anual del 18 de julio a las 9.53 am dicen acongojados: ¡Presente!, para recordarlos. También para los extranjeros, el ir a conocer la Plaza de la Memoria, donde estaba la Embajada de Israel destruida por el coche bomba el 17 de marzo de 1992, las 14. 42, es parte del interés que suscita los dos atentados contra la colectividad judía de la Argentina.

Los curiosos, los comprometidos, los ciudadanos y todo el que pasa por las calles aledañas a la AMIA, miran atentos el arte alegórico que expresa el horror vivido, y solo los que entran a la nueva AMIA pueden ver la escultura del gran artista israelí Yaacov Agam. Los que pueden conocerla ven un arte en movimiento de colores y figuras cambiantes según desde donde se la mire. Y es que Agam siendo un hombre creyente, así como realiza candelabros judíos de múltiples brazos, en la escultura de la AMIA repite, como permanentes preguntas de ida y de vuelta a Dios sobre el misterio de la vida y de la fe. Su obra de arte emplazada en la AMIA, dinámica en planchas y juego de colores, no deja de ser un constante ruego para encontrar Justicia y repetir: ¡Otro año sin culpables, otro año de duelo!