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martes 9 de agosto, 2022
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Invitado

Martha Wolff. Tuve que besar el féretro de Evita.

El 26 de julio de 1952, estaba cursando el último grado de la escuela primaria. Recuerdo que era un día sábado. Estaba con mi barrita de adolescentes en la casa de una amiga en un asalto, como se las llamaba a esas reuniones.  En esa época solo íbamos a casas de amigos. El menú era de sándwiches de miga, no corría el alcohol y se ponía en la mesa lo preparado casero por nuestras madres. Fueron los comienzos de una juventud hermosa, de tener amigos, de conocer a los compañeros de nuestros hermanos mayores, de soñar con bailar cheek to cheek, ese máximo nivel de acercamiento entre una chica y un chico. El auge del cine despertaba romanticismo, fantasías de a quién íbamos a conocer esa tarde, de mostrarnos, de divertirnos.

Todos sabíamos que Eva Perón estaba grave. Hacía dos años que padecía cáncer y se la veía cada vez más desmejorada. La atención pública estaba pendiente de ella, pero se ocultaba su gravedad porque el gobierno peronista mantenía bajo control los medios de comunicación y evitaba pasar información sobre su salud.

En un momento entró el dueño de casa, nos dio la triste noticia de su fallecimiento y nos retiramos. La noticia fue emitida en un comunicado de la Subsecretaría de Información de la Presidencia de la Nación por Radio del Estado y la red argentina de Radio Difusión: «Cumple la Subsecretaría de Comunicación de la Presidencia de la Nación, el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20:25 a fallecido la Sra. Eva Perón, jefa espiritual de la Nación. Los restos de la Sra. Eva Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente”.

Más allá de la devoción que los argentinos tuvieron por lo que hizo, fue un mito viviente y lo siguió siendo por esa palabra inmortalidad.  Hubo una adoración planificada para mantener viva su memoria, pero también fue odiada por sus enemigos por sus avasallamientos para lograr sus objetivos. Eva Perón fue idolatrada por los peronistas que impusieron su culto en vida y también lo hicieron post mortem. Para muchos fue voluntario el duelo y para otros, obligatorio.

Yo lo puede confirmar. Quien como yo que vivía a cinco cuadras del Congreso, fui testigo de idolatría y sumisión. Todavía sintió el olor de las coronas y flores colocadas en andamios a lo largo de la Avenida Rivadavia que penetraba por todos lados. Fue un espectáculo millonario comparado con la gente humilde que traían los colectivos del interior del país para darle su adiós. Imposible olvidar las veredas sucias, verlos dormir hasta poder avanzar para llegar a la capilla ardiente. Había por doquier multitudes y colas. Todo eso y más pasaba a mi alrededor hasta que en el colegio me dijeron que tenía que ir al velatorio de Evita. Después supe que era conveniente ir… que significaba quedar señalada, que muchos fueron en contra de su voluntad. Era igual que tener que ir a la UES en el colegio secundario, Unión de Estudiantes Secundario, a la Quinta de Olivos, porque alguna compañera soplona te pasaba lista.

Con mi delantal blanco, mis zoquetes, mis zapatos lustrados, mi pelo recogido bien al estilo fascista, di el presente, y nos arriaron como ovejas para sumarnos a las filas para poder entrar. Fueron muchas horas hasta que me tocó estar ante su féretro. Una señora en la cabecera del ataúd mojaba un trapo con alcohol cada vez que cada una la besaba a través del vidrio. Fue denigrante tener que besarla, no era mi parienta. Fue un acto más demagógico de una dictadura.

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora

EN ESTA NOTA: Martha Wolff