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martes 9 de agosto, 2022
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Invitado

Martha Wolff. Velocidad y pausa para vivir.

La vorágine en la que se vive tiene que ver con que todo debe ser rápido, cambiable, descartable y variable. Han cambiado las costumbres y con ellas el reflejo condicionado de lo ya visto como pasable a otra cosa. La permanencia de una noticia, un objeto, una imagen invita a un ya visto, ya registrado, ya incorporado.

Comparada esta cultura de la velocidad sobre la de la contemplación, cuando todavía la tecnología no nos había condicionado al click y a otra cosa, esa medida de tiempo, de familiaridad con algo, hacía de lo visto guardarla, acumularla y reconocerla en cualquier lugar y espacio. Por el contrario hoy la referencia es que lo vi en alguna parte, sí ya me enteré y ahora cómo sigue.

Se ha reemplazado el mirar por el ver e informarse estereoscópicamente. La velocidad de pasar figuras en movimiento fue el principio del cine, pero hoy con las luces y el láser, las figuras rememoran aquellos tiempos de quebradura de personajes, animales, paisajes y demás, algo así como el break dance de hoy.

El vivir permanentemente con el celular, la televisión y los mails ha provocado una adicción a la pantalla y por ende a lo que se comunica. Si no estamos informados parecería que no existimos.

Esta voracidad telemática ha hecho del hombre un esclavo que se cree libre. El celular por ejemplo ha pasado a ser el bastón que lo sostiene. Si lo extravía siente que no existe y enseguida corre a comprar otro que lo hará revivir.

La rapidez con la que se vive tiene que ver con ejemplos, cómo el que aprendí en Estados Unidos, donde las sobremesas no existen, porque el tiempo es dinero y que pase el que sigue. Otro detalle es como hablan los locutores, a toda máquina, porque cuando más publicidad se mete en un programa, más reditúa. Esa manera de hablar a pasado a ser imitada por los jóvenes a los que se les entiende la mitad de lo que dicen. De otro modo el ayer queda  demodé y hoy en los boliches no se bailan boleros, esa música para enamorados que daba lugar al crescendo a mayor acercamiento de la pareja.  

Recuerdo cuando salieron los viajes en jet, el sueño era llegar antes a miles de kilómetros, mientras el sabio jet lag del cuerpo, marcaba el tiempo real de adaptación a los cambios de horario.

Los pro y los contra de los avances industriales y científicos, los tecnológicos y las comunicaciones, van modelando un hombre nuevo o distinto ante cada novedad. Pero lo que sí es también cierto, es que se ha perdido el valor del silencio, de la reflexión, de la pausa, del encuentro con uno mismo. Recién cuando por necesidad o deseo se elige un retiro del mundanal ruido, renace la necesidad de escucharse, verse y entenderse como persona, y alimentamos nuestras almas y no a la máquina del consumismo.

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora

EN ESTA NOTA: Martha Wolff