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martes 24 de noviembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Alegre mascarita que me miras al pasar.

Desde que se decretó la pandemia, el encierro y el barbijo, el mundo pasó a ser un laboratorio experimental de sentimientos encontrados y de reacciones inesperadas. La paciencia y la tolerancia se han debatido con la irritabilidad y el hastío. Esto y mucho más, en el mundo adulto y en el mundo infantil, un quedarse en casa y jugar hasta el agotamiento. Así tanto chicos y grandes tuvieron que aprender a vivir más de las pantallas de sus medios de comunicación que de la relación directa con sus familiares. Pero en común, grandes y chicos se dieron cuenta que la imagen fantasmagórica de usar los barbijos nos hizo medio monstruos ambulantes. Los más pequeños, los que nacieron hace tres meses, hasta los que empezaron a tener incorporada la imagen de sus seres queridos, fueron creciendo creyendo que se viene a este mundo con ese rectángulo de tela sobre la boca y tapando la nariz y con dos elásticos colocados en las orejas. El modelo de protección que desfila ante sus ojos se ha transformado en normal, y si esto continúa más todavía, cuando todo termine van a creer que los rostros sin ellos es lo anormal.  

Los adultos estamos acostumbrados a ver con barbijo a los cirujanos, dentistas, enfermeras y a los japoneses. Los chicos ya vieron en Carnaval, en obras de teatro y en el cotillón que les regalan en los cumpleaños a usar antifaz y caretas, pero ante sus ojos ver nada más que otros ojos y el hablar con la boca tapada les han cambiado el escenario de sus personajes.

El barbijo ha pasado a ser un complemento indispensable para no morir en el intento de respirar el virus que se ha instalado en nuestro planeta Tierra. Ya aparecieron decorados, con fantasías, aplicaciones, símbolos, diseños, formas y colores. Y si sigue este azote con el tiempo habrá algún coleccionista que hará una exposición algún día. Las costureras, las modistas, las amas de casa y toda aquella que tiene una máquina de coser, se ha puesto a confeccionar tapa boca y nariz. Los restos de telas, las sábanas viejas, como la compra de telas, han creado un nuevo mercado. Nadie deja de tener más de uno, o varios, o crear con pañuelos protectores para sus caras.

Dentro de todas las medidas, el súper consumo de alcohol y lavandina, la distancia prudencial, el saludo de codo y rodilla, el ventilar la ropa al sol o lavarla al regresar de la calle y las medidas de seguridad para evitar el contagio, han producido de inmediato algo para resaltar, y es que a los nuevos dibujos animados para niños todos ya llevan barbijitos. Todo tan rápido como cuando en China están atentos a lo que sale en los grandes centros de moda de Europa y a las horas ya los reproducen masivamente a mitad de precio que los reales.

Ni qué hablar del humor que surgió y del mal humor de sentir que uno se ahoga, pero la verdad es que hoy el barbijo es una prenda más de nuestro guardarropa. Y es además una incógnita de quién está detrás de él cantando el tango de Gardel SIGA EL CORSO.

Esa Colombina puso en sus ojeras

Humo de la hoguera de su corazón,

Aquella marquesa de la risa loca

Se pinto la boca por besar a un clown.

Cruza del palco hasta el coche

Serpentina nerviosa y fina

Como un pintoresco broche sobre la noche de carnaval

Te quiero conocer saber adónde vas.

Alegre mascarita, que me gritas al pasar:

«Quién soy?, ¿Adónde voy?», «Adiós… Adiós… Adiós…»

«Yo soy la misteriosa mujercita de tu afán».

No finjas ms la voz, abajo el antifaz

Tus ojos por el corso, van buscando mi ansiedad…

Descúbrete, por fin… Tu risa me hace mal

Detrás de tus desvíos, todo el año es Carnaval.

Esa Colombina con sonora burla

Truena la corneta de una pizpireta dama de organdi…

Y entre grito y risa, linda maragata

Jura que la mata la pasin por mí.

Bajo los chuscos carteles pasan los fieles

Del dios Jocundo y le van prendiendo

Al mundo sus cascabeles el carnaval…

INVITADA
Martha Wolff
Escritora y periodista

EN ESTA NOTA: Martha Wolff Wolff Martha