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martes 1 de diciembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Antes, durante y después de la Kristallnacht.

En 1939 llegó a la Argentina Anita Goldschmidt con su familia. Nacida en Austria, en Viena, quiso conocer su ciudad natal de la que nada se acordaba porque era muy pequeña cuando tuvieron que exilarse y también quiso visitar Deuchtkreutz, a 60 km de Viena, donde había vivido su abuela que emigró con ellos.  Paradójicamente Deutschkreutz, quiere decir “cruz alemana”, donde había una gran población judía y una ieshive (centro de formación de la tradición judaica) importante. Allí su abuela tenía una enorme casa y una fábrica textil de bolsas para forrajería y sogas de yute, que, al estallar la Noche de los Cristales, tuvo que abandonar todo y partir con su nuera y nietas a Bratislava, Eslovaquia, donde vivía la familia de la madre de Anita. Esa determinación fue tomada por su padre cuando en Viena los vidrios de su casa fueron atacados, cayendo sobre la cuna de Anita. Fue cuando su padre se dio cuenta que el peligro iba a hacer cada vez mayor para los judíos y para protegerlos los hizo huir. Con la familia a salvo transitoriamente, cerró el departamento que alquilaban en Viena. Luego fueron todos a Italia y partieron hacia la Argentina desde el puerto de Trieste en el barco Oceanía, que de regreso a Europa fue hundido por los alemanes.  Así los judíos perseguidos por el nazismo huyeron al ser confiscadas sus propiedades y bienes.

Anita había nacido en 1937 y después de 60 años quiso volver a ver lo que solo supo por relatos y fotos. Fue acompañada por su esposo porque quiso ver con sus ojos los relatos que le contaron sus padres y su abuela. Al llegar a Deutschkreuzt, con la dirección y foto en mano la encontró. Golpeó la puerta, pero nadie respondió. Una vecina le preguntó a quién buscaba. Luego apareció una señora que al saber que a Anita la ligaba la historia de esa casona y fábrica textil, tuvo miedo. Siempre se agitaba en su mente que algún día volverían sus verdaderos dueños, aunque ella lo había comprado legalmente. La familia de Anita ya había reclamado al gobierno alemán por las confiscaciones sufridas, pero en esa visita su deseo fue reencontrarse con su pasado. Y la dueña con un gesto inesperado le entregó bolsas de lino de recuerdo que encontró en un desván cuando refaccionó la casa.

Pero el destino tiene vueltas impensadas. Esa casa que había sido propiedad y fábrica de una mujer judía, la más grande del pueblo, con el Anschluss , “anexión, pasó a ser el cuartel general del jefe de la Gestapo. A la fábrica la mantuvieron en funcionamiento hasta la arianización. Luego los nazis montaron allí una fábrica de pólvora y cuando entraron los rusos la volaron.

Anita y su esposo fueron a la Municipalidad y encontraron toda la documentación de lo que fue la casa-fábrica y la firma “Emanuel Goldschmidt WWE”-. Su abuela no pudo saber de ese viaje reparatorio, de pertenencia, que dormía esperando Justicia en los archivos de Deutschkreuzt.

De esta recopilación de las heridas que dejó la Kristallnacht, “noche de los vidrios rotos”, hay un testimonio más de lo que fue el ataque a los judíos en esa noche. Hay un monumento en Viena, en la Plaza Albertina, que Kinsky, un judío millonario al que los austríacos le habían volado su lujoso edificio y culpado a los bombardeos aliados, hizo emplazar dos monumentos en recordación de la “noche de los cristales rotos”. Por un juicio le devolvieron el terreno donde hoy hay una plaza seca. Con el dinero que fue indemnizado organizó un concurso de escultores en el que fue elegido un artista checo, Alfred Hrdelicka. Al pie de la misma escultura de granito hay una de bronce que representa un viejo rabino sangrando rodeado de alambres de púa y en cuclillas con un cepillo en mano, obligado como a todos los judíos, a limpiar la vereda de los vidrios rotos.

 INVITADO
Martha Wolff
Periodista y escritora