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domingo 20 de septiembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. El horror de los hijos del horror.

El artículo “Parteras del Horror”, que fue publicado el 20 de agosto en el diario La Nación, es una denuncia y una búsqueda de los hijos huérfanos de padres verdaderos por haber sido dados por muertos por obstetras que comerciaron con ellos. Esas mujeres a la vez, huérfanas de hijos que salieron con sus vientres y brazos vacíos luego de dar a luz, llevando un luto eterno, mientras sus hijos eran entregados a cambio de dinero. Esos hijos por algún mandato secreto percibieron que algo se les ocultaba y una mano invisible los fue llevando a encontrarse como grupo para iluminar su origen y pertenencia.

Conmovida ante esos hijos, así como los que fueron robados del Proceso y en otras circunstancias brutales, escribí esta reflexión a la que le sumé múltiples situaciones en las que las mujeres se vieron y ven expuestas ante el quedar embarazadas y el asumir la maternidad.

Como periodista a veces pienso cómo se van entramando ciertos temas que llevan a grandes reflexiones, y en este caso es que acabo de ver una película japonesa “Un asunto de familia”,  del año 2018, presentada en el “Festival de Cannes” y recibido la Palma de Oro, en la que se ensambla un familia de retazos de vida y en la que dos chicos robados, por no poder tenerlos la pareja central, forman parte con una abuela y una supuesta prima, la precariedad, pero mucho amor, compartiendo desde el hurto para comer hasta el placer de ir a la playa. Mucha ilegalidad y amor rondan esta historia, que por paradoja deja traslucir la otra cara de los componentes de una sociedad que con hijos prestados se sienten padres.

Aquí paso a desarrollar variedades sobre este mismo tema:

Tener relaciones sexuales sin cuidados anticonceptivos, trae como consecuencia el embarazo  con dos lecturas: los hijos buscados y deseados y los no buscados y no deseados. Bajo esta decisión están en este mundo los hijos de la continuidad y los hijos de la casualidad. Pero desde la historia de la humanidad siempre hubo partos deseados y abortos provocados y hubo

 hijos raptados, robados, regalados y vendidos. Hubo matronas de antaño y parteras más actuales, doctoras y enfermeras enredadas en el tráfico de bebés.

Ha corrido mucha agua bajo el puente sobre situaciones, tanto de mujeres como de hombres estériles o con problemas de incompatibilidad para fecundar. Grandes frustraciones para conformar una familia tipo han traído desde separaciones, odios, recriminaciones y por el otro lado, la recurrencia a la ciencia que ha logrado milagros nunca pensados para solucionar esperanzas de ser madre y padre en todos los géneros.

El soñar con tener un hijo es desde la concepción religiosa bendecidas por la fe para reproducirse hasta la pagana de la práctica sexual volitiva, un deseo universal de verse en el espejo de la continuidad. Aunque no siempre ha sido así. Están los hijos de las violaciones, de encuentros furtivos, de parejas en secreto, de momentos eróticos al paso, de infidelidades y desde infinitas citas de todo tipo. Están los hijos de las guerras, las discriminaciones raciales, las dictaduras y los holocaustos que han condenado a los hijos de los enemigos por nacer o nacidos a la hoguera, al asesinato, a regalarlos a sus aliados sin hijos para criarlos. Están los profesionales que los venden mintiendo que murieron sus hijos en el parto o acordando con sus parturientas un precio vil para sacarlas del aprieto. También hay y hubo madres y padres que los regalaron y están desde los hospitales, clínicas, consultorios particulares combinados con juzgados para falsear actas de nacimientos y entrar en el negocio del tráfico de los recién nacidos.

La trama de mentiras es interminable  para jugar a la maternidad despreciada o avasallada. La anarquía de este drama se ve reflejada con el tiempo en esos hijos que buscan a sus padres reales. Gracias a la tecnología, las redes logran encontrar pares para asociarse u organizarse para expresar su clamor de poder decir ¡Mamá! ¡Papá! a sus progenitores. El otro lado oscuro es el de los que los criaron mintiéndoles y los que no lo hicieron. No dudo del amor puesto es esos hijos sustitutos y el agradecimiento o el desprecio que reciben cuando la certeza de que no lo son los pone en tela de juicio.

Benditas las madres y padres, benditos los hijos que pudieron reencontrase en el flujo y reflujo de la sangre que llama al útero del corazón. Millones de seres ambulan sobre la Tierra siendo parias de haber sido cobijados y alimentados en el vientre durante nueve meses y al cortales el cordón umbilical para comerciar con ellos, al separarlos de sus madres les quitaron el oxígeno del amor, pasando a ser un injerto y no un brote generacional.

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora