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sábado 15 de mayo, 2021
Invitado

MARTHA WOLFF. Auschwitz es un cementerio de almas.

Por  la recordación del  75º aniversario de la liberación de Auschwitz- Birkenau, que tendrá lugar el 23 de enero próximo, revivo lo que escribí cuando fui a conocer la catedral del odio y la discriminación nazi en tierra polaca. Lamento que Argentina no asistirá a  la recordación de la liberación de esqueletos con alma de millones de víctimas de la discriminación en Yad Vashem, Museo del Holocausto en Jerusalem. Ante una política ambigua será otra de las grandes contradicciones de nuestro país, que aplaude a los que oprimen y matan como es el caso de Venezuela y Cuba, no asistiendo al evento mundial de los grandes representantes del mundo, que sí lo harán porque todos sienten que están más cerca de la civilización que de la condenada barbarie. Los conflictos armados y el terrorismo son las dos ramas diversificadas de los asesinos de hoy, que consideran enemigos, como los nazis lo hicieron con  los judíos.

Oświęcim, como se dice en polaco a Auschwitz, dejó marcas en mi corazón como los tatuajes con números en los brazos, para quitarles la identidad a los judíos. Lo que mis ojos vieron y mis manos necesitaron dejar escrito, fue tanto espanto, casi de surrealismo de la condición humana.

Hoy no es un día como los demás. Hoy somos los judíos que asesinaron los nazis que serán recordados en la dimensión  desconocida de la muerte. Hoy vuelvo a Auschwitz con mi esposo a poner rosas en la pira de cenizas en memoria de su tía e hijo ahogados por el gas Cyclon B y la mayor parte de su familia. Hoy vuelvo a ese día en el que conocí las montañas de pertenencias que les confiscaban. Hoy vuelven las imágenes de la oscuridad del horror, de las literas inmundas infectadas, de los agujeros que hacían de inodoros, de los hornos crematorios, de las duchas, los pabellones, del lugar de los tatuajes, de las ollas con las miserables pociones de comida y más allá, la casa con jardín y piano donde estaba la familia del comandante del campo Rudolf Hoess con sus hijos y niñera. En ese ambiente de bienestar familiar, mientras sus hijos jugaban,  los «otros» famélicos, huérfanos por imposición ideológica, eran arriados al matadero. Bajo esa atmósfera plagada de almas se criaban sus hijos ignorando la tragedia a metros de su vivienda  y sordos a los gritos ahogados y del olor nauseabundo a carne humana mascullada, de las «estrellas de David» que asesinaban y que se iban apagando y buscaban en el espacio la luz en el infinito rogando piedad. Ese comandante, que vivía separado del campo por un muro, que para su hija fue un padre ejemplar, fue el mismo que corrigió en los «Juicios de Nüremberg» al Presidente del Tribunal, el dato erróneo de que entre 1940 y 1943, periodo en el gobernó, “no habían sido 3.000. 000 millones hombres, mujeres y niños los gaseados si no 2.500.000”,  el resto había muerto por hambre, enfermedades o agotamiento. Y fue frente a su bonita casa que habitaba como organizador de Auschwitz que fuera  ahorcado por los ingleses en 1947. 
En ese ambular, que fueron antes de ser los pabellones de prisioneros guarniciones militares polacos de Auschwitz,  yo caminaba o me arrastraba cargada de una tristeza más pesada que un cargamento de piedras.  Mas allá estaba el cartel que reza hasta hoy «El trabajo hace libre”. Yo quería ver lo que quedó como testimonio, para luchar contra los negacionistas de la Shoá «Holocausto».  Las vitrinas de montañas de zapatos, valijas, aparatos ortopédicos, cabelleras para confeccionar tejidos, pieles para hacer lámparas, utensillos pesonales y miles y miles de pertenecías que pasaron a ser requisadas, como aludes en sus instalaciones, caen desde una especie de montaña hacia los vidrios que separan ese montaje de los visitantes para mostrar las pequeñas cosas que se llevaron creyendo que iban a sobrevivir.
Nadie que estuvo allí volvió a ser el mismo y nadie que padeció tanto en lo personal, como familiares, amigos, conocidos y desconocidos, saben lo que es capaz el hombre…y el odio… Por eso, porque aquí tenemos los que fueron los lugares de tortura y concentración en el Proceso, como la ESMA «Escuela  de la Armada», considero que la Argentina debía ir porque fue un costo de vidas al servicio del poder y de la muerte de una generación de jóvenes que nunca volverán.  Ir sería un paso más hacia el NUNCA MÁS…

INVITADA
Martha Wolff
Escritora y periodista