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miércoles 28 de octubre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Muro y caída. Crónica a 30 años de la reunificación alemana.

Después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, mi esposo y yo decidimos ir para seguir viaje hacia Polonia. También quisimos comprobar lo que había quedado de él. Lo habíamos conocido y traspasado varias veces. En ese absurdo ir y venir de Berlín a Berlín, Berlín ya no era igual sin el famoso puesto de control checkpoint Charlie. Ya no había que someterse a las autoridades alemanas-sovietizadas para poder alcanzar Berlín oriental desde Berlín occidental. Recuerdo que, para acceder a la República Democrática Alemana (DDR), fuimos por primera vez en excursión, otra vez en colectivo hasta su cercanía y la última, ya veteranos, caminando. En la primera experiencia el guía del tour se encargó de nuestros documentos y de las instrucciones que debíamos acatar. Nos detuvieron barreras, cabinas y topos armados, (híbrido de soldado alemán y ruso), espejos para inspeccionar el vehículo por debajo, toma de fotos de cada uno de los pasajeros, copias de documentos, registro minucioso de la lista, tensión, espera y luego el levantamiento de más barreras cruzadas sobre trazos de calles irregulares sobre el asfalto para evitar fugas de coches y personas. Ya en territorio comunista nos pareció estar viendo un noticiero propagandístico por el relato del guía. Nos señalaba los barrocos monumentos erigidos en memoria de la heroica lucha del pueblo ruso para derrotar al nazismo, y para contrarrestar el triunfo marxista sobre el capitalista, se habían erigido estatuas que adornaban nuevos edificios públicos en homenaje a Lenin, Stalin, al Che y a la queridísima y correligionaria Cuba. La famosa Casa del Pueblo construida con vidrios polarizados se reflejaba sobre el río Spree. Nos llamó la atención la homogeneidad de los edificios de arquitectura fría nazi, como lo fueron la fascista al servicio de la obediencia y la frialdad. El diseño de sus horribles coches rusos, Lada, y la ropa también pobre y sin encanto. El imponer lo popular era un objetivo político ya que la moda en sí era un vicio burgués. De ese lado de Berlín había quedado lo mejor en materia de arte, bibliotecas, teatros, puentes, iglesias, museos fueron herencia de la división del 45 y la construcción del muro en 1961. Al final el desvió hacia el Parlamento ante la imponente Puerta de Brandenburgo, punto de partida de la excursión para volver a ella. El Reichstag, el Parlamento alemán, que fuera trasladado de Bonn a Berlín con la caída del Muro, para volver a funcionar fue remozado y rematado con una gigantesca y audaz cúpula de vidrio. En 1923 Hitler ordenó incendiarlo para culpar a sus enemigos y aumentar su poder. Ese edificio fue el lugar donde un periodista tomó la inolvidable foto de un soldado ruso enarbolando en su cúspide la bandera roja con la hoz y el martillo, foto histórica porque muestra a Rusia, como parte de las tropas aliadas que liberaron Berlín, pero al final quedándose con su parte oriental.

Nosotros solíamos acercarnos de a poco para balancear las diferencias entre esos dos mundos separados por el muro de cemento con un tubo sobre el mismo para evitar ser escalado, con zanjas, espacios minados, perros adiestrados en vigilia y cruces con flores de los que murieron al querer huir. Eran advertencias ante los cientos de ingeniosos inventos fracasados para alcanzar la libertad. Era imposible no elevar la mirada hacia las torres de vigilancia antes de pasar el checkpoint Charlie. Unos metros antes nos quedábamos observando los contrafrentes de los edificios pintados con alegorías contra la opresión. Eran verdaderas obras de arte de protesta. Eran murales en los que nunca faltaba la paloma de la paz y cadenas rotas como símbolos. Y de otros lados nos recibían para darnos la bienvenida o el anuncio de ocupación, dos gigantografías de un soldado americano de un lado y un ruso del otro. Dos lados de la moneda de la liberación de Berlín de las tropas aliadas en 1945 y su de posterior dominio territorial.

Un día todavía bajo ese régimen decidimos ir de noche para cenar en el Intercontinental Hotel. Queríamos experimentar una noche en esa zona. Desde las torres al aproximarnos los soldados nos apuntaban, en tierra con actitud autoritaria nos registraban, nos fotografiaban, nos duplicaban nuestros pasaportes y nos obligaban a cambiar marcos por rublos bajo la expresa advertencia de no traer de vuelta ni un centavo. Al ser aceptados, ya que no recaía sobre nosotros ninguna sospecha, nos dejaron pasar. Entre el chekpoint Charlie y la famosa Avenida Unter den Linden, “bajo los tilos”, mediaban diez cuadras que era tierra de nadie. Se extendía un largo tramo con grandes edificios de arquitectura gris, de pequeñas ventanas y sólidas paredes. Reinaba la oscuridad por la inactividad laboral, pero luego supimos que no era así. Adentro, de esos edificios el servicio de inteligencia nos vigilaba con cámaras de circuito cerrado de televisión. En ese recorrido, bastante asustados por la soledad, pasamos frente lo que fue la estación de subte Postdam, de estilo art-decó, que había quedado como otras estaciones de Berlín bloqueadas, y que fuera famosa por la sublevación de trabajadores, el 17 de junio de 1953.

Lo que nos sacó de esa atmósfera lúgubre de calles despobladas fueron dos alemanes que salían de un bar. Estaban borrachos y alegres, cantando y se abrazaban para sostenerse. Al vernos se pararon, mejor dicho, tambaleándose y despidiendo olor a cerveza hasta por el pelo, se admiraron de la campera de cuero que usaba mi esposo. Se la tocaron apreciando su calidad, era “Made in Italy”. También les llamó la atención el alemán que hablaba y a los dos minutos uno le dijo al otro: “No te das cuenta que es turista por cómo está vestido”, “Willkommen” “bienvenido”. Seguimos nuestro recorrido hasta alcanzar la avenida y el hotel que buscábamos. Había que gastar el dinero cambiado. Era una orden que se debía cumplir. Degustamos un menú occidental, pagamos con plata rusa y regresamos. De nuevo el control, las preguntas y la demostración de que nada nos había quedado. Nos alivió estar de regreso a la modernidad, de disfrutar de iluminación de las calles, de ver pasar los coches de marca, de escuchar el bullicio en las calles y leer las publicidades de consumo, que no existían del otro lado del Muro. Estábamos de regreso a la civilización, entre gente bien vestida, con mercadería en los negocios y libres.

Una cosa sí recuerdo puntualmente y que quedó grabada en mi mente fue esa noche el haber observado cruzar a diplomáticos con sus credenciales en autos lujosos, avanzar por el zigzag de barreras entre las dos Alemanias, según supe después cargados con mercadería prohibida. Un hombre que estaba delante nuestro en la cola que debíamos formar, típica costumbre comunista, nos contó que todas las noches pasaban de un lado al otro porque tenían amantes muy baratas a las que conquistaban llevándoles medias de nylon, perfumes franceses y cosas que no entraban a Berlín Oriental.

El Muro de Berlín observado desde una plataforma indignaba. Separaba familias. Los tapiales impedían observar el progreso de los occidentales y los orientales buscaban por televisión ilegal y radios clandestinas novedades de esperanza y rebelión. Hasta que el progreso pudo más que la prohibición y una furia aletargada se hizo realidad y sin armas, pero con picos comenzaron a destruirla. Un friso tenía un dibujo y la foto del violonchelista Pablo Casal tocando para el pueblo alemán reunificado entre ruinas.

La última vez que habíamos estado en Berlín percibí que algo distinto pasaba. La Glásnot, política de transparencia promovida por Gorbachov, era incipiente. Lo comprobé en el tramo de los 300 km. que había entre una y otra Alemania. Lo hicimos por tierra y desde las ventanas de nuestro coche veíamos la línea divisoria, esa cárcel de cemento de 107 kilómetros, de puestos de vigilancia y del colchón de campos cultivados de una y otra parte para mantener las áreas urbanas del oeste alejadas de la ruta que iba de Berlín a Múnich. Cuando decidimos parar para recobrar fuerzas visitábamos los shoppings del camino para ver qué nos ofrecía, y esa última vez, a parte de la mercadería del Este, nos ofertaron cigarrillos y whisky americano y otras pequeñeces que para ellos eran piedras preciosas.

Además de tener que detenernos en cada puesto de control con tanques apostados en cada uno, a la entrada y a la salida de cada requisa, más temblar al ver irse los pasaportes por una cinta transportadora hasta finalizar el control de salida, se padecía degradación. Personalmente sentía que el espionaje iba a descubrir que estaba sentada sobre libros del Muro que habíamos comprado. Eran documentos que queríamos conservar para nuestra biblioteca y para mostrar a nuestros hijos y amigos. No era ilegal adquirirlos en la Alemania oriental pero censurados para sus habitantes. Por todo esto al decidir regresar a Berlín sin el Muro quisimos conocer sus restos. A la mayor parte la habían destruido, hecho boquetes, robado partes como recuerdo, en fin, resabios de su nefasta existencia. Las pinturas que quedaron estaban desintegradas y las inscripciones debían ser asociadas con mucha imaginación. En parte habían quedado como monumentos y en parte como vías de caminos de acceso hacia el otro lado. En Berlín Oriental los edificios más importantes y los nuevos totalitarios como la Casa del Pueblo que había sido clausurada por haber sido construida con asbesto, material muy tóxico. Cruzamos las grandes avenidas, a los monobloques sin jardines ya les estaban colocando parches de color para reavivarlos, los negocios seguían desbastecidos y muchos Rada mostraban al rojo vivo el culto al subdesarrollo ante la tecnología alemana automotriz mundialmente codiciada.

De regreso a la Argentina lo primero que hice fue ir a nuestra biblioteca para guardar los libros que testimoniaban un antes y un después de la Caída del Muro. Los puse junto con los que había comprado en Polonia a rendir homenaje con un ramo de flores a la pira de cenizas de nuestros familiares asesinados, porque el comunismo y el nazismo representan dos caras de la misma moneda de dictadura y antisemitismo, y entre ambos, coloqué el trozo de Muro que había recogido y guardado para poder escribir esta memoria.

INVITADA
MARTHA WOLFF
Periodista y escritora