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sábado 19 de septiembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Salir al balcón a buscar la vida.

El balcón es un lugar que ha sido siempre motivo de inspiración poética, literaria.

Arquitectónicamente es una prolongación de la casa hacia el exterior. Su diseño delata esa frase que dice: “¡Dime qué balcón tiene y te diré quién eres y dónde vives!” ya que caracteriza personalidad, un lugar en el mundo, costumbres y condición social. A partir de la importancia que ha tenido y tiene para su usufructo o disfrute siempre se han destacado por ser cerrados en algunos países y en otros abiertos, en algunos floridos y en otros despojados, en algunos como depósitos y otros como espacio de esparcimiento. 

La historia de los balcones es de origen árabe. Eran en sus comienzos ventanas miradores. Sobresalían de la pared apoyados en ménsulas decoradas. Sufrieron modificaciones según los países, culturas y fines para su uso. En el siglo XV se los construía en madera o piedra con celosías para regular la luz y la temperatura, y luego, se usó el vidrio para decorarlos con vitrales.

Su objetivo era la privacidad ya que los que lo tenían podía ver lo que sucedía en la calle sin ser vistos. Esos balcones cerrados fueron los precursores de lo que hoy se conoce como bow window. Antiguamente se los llamaba las ventanas del harén y en sus comienzos mashrabiyas.

Los balcones de siempre fueron y son la antesala de la intimidad y sus heredados abundan en el norte de África, en la Isla de Malta y en Israel donde se los llama mirpeset.

El balcón ha sido y es una manera de conectarse con la calle. Al permanecer sus puertas cerradas hablan de una vida reservada de sus propietarios, pero al abrirlas fluye una vida hacia afuera para disfrutar del aire y del paisaje. El balcón es una parcela que permite romper la burbuja del encierro.

Pero el balcón también ha sido el sueño de tener plantas para estar en contacto con la naturaleza; de colgar las jaulas de los canarios; de tender ropa lavada; para estacionar bicicletas y cochecitos de bebés, de poner armarios y juegos para niños; instalar una casucha para el perro o una mesa y dos sillas y tantas otras utilidades.

Ante la pandemia del coronavirus, eso que se llama balcón, pasó ser un rectángulo con balaustrada de búsqueda de vida y amistad con los otros.  Los otros son sus vecinos, aquellos que de lejos saludaban y que pasaron a ser de concomitantes del edificio propio y ajenos amigos visibles.

Los balcones con esta epidemia se convirtieron en una sala de pasos perdidos a cuenta pasos para agilizar las piernas por el encierro, ya que el caminar en plazas, parques y calles está prohibido.

Los balcones se transformaron en gimnasios, escenarios para cantar, bailar, tocar instrumentos, instalación de micrófonos y parlantes, luces estroboscópicas y rayos laser, tribunas de lucimiento de voces y desconocidos todo inimaginado entre frentes, contra frentes y medianeras.

Los balcones pasaron a ser atalayas para ver y observar el entorno y su barrio vacío de transeúntes y apreciar el vuelo de los pájaros; disfrutar del aire sin polución por la baja densidad de tráfico; mirar los techos también con gente que los aprovecha para estirarse y tomar sol;  han sido una invitación a poder dormir sin tanto ruido por el menor tránsito; a ser una cita a la hora señalada para salir a aplaudir a los que se juegan con su compromiso para salvar vidas, como los médicos y las enfermera más todos los demás ayudantes.

El balcón pasó a ser un trozo de participación ciudadana para manifestarse. Una especie de “Plaza de Mayo” individual, que, junto a todos, conformando una manifestación de felicidad participativa.

Los balcones han pasado además a ser un lugar de protesta por sus cacerolazos cuando no se sienten conformes políticamente.

Salir al balcón en la cuarentena abrió un mundo social en el que se encontraron amigos y romances, expresiones de solidaridad y la convicción de que no se está solo.

El balcón tiene como mito el haber sido el lugar del amor prohibido de Romeo y Julieta;  de Aladín  invitando a Jazmín para volar juntos; de reyes para ser vistos por la plebe;  del Papa para dar misa y bendecir a sus feligreses; de los dictadores como Mussolini en el Palacio de Venecia en Roma para arengar a sus partidarios; de la Casa Rosada de  los presidentes argentinos para dar sus discursos partidistas;  de los escritores como Daniel Balmaceda para rescatar la historia de 1862 en la que Buenos Aires se incorporó a la Confederación para pasar a ser Nación Argentina. Recordando cuando Domingo Faustino Sarmiento por aquel entonces Presidente de la Nación, y Emilio Castro, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, se disputaron una vuelta la mejor ubicación para saludar a las tropas que volvían de participar en la guerra del Paraguay, lo que impulsó la construcción de un balcón en la casa de gobierno, que hasta entonces no contaba con uno.

El coronavirus así tiene historias del pasado. En el presente son tema de inspiración de escritores y directores de cine. Ahora se están televisando “Historias de balcones en tiempos de confinamiento”, en España, por la Paramount Network, Comedy Central y MTV, que acaban de estrenar un espacio dedicado a videos grabados por los ciudadanos durante la cuarentena que titularon Balcony Stories, porque cada uno capitalizó la suya para compartirlas.

Cada epidemia, como fue por ejemplo la peste en el Medioevo, en el que la gente se refugiaba en feudos y fuertes, ha dejado una literatura como lo hizo Boccaccio en el Decamerón. Hoy el coronavirus y sus complejidades está siendo escrito, porque no tiene un pasado, su presente y futuro será recordado por sus protagonistas con sus testimonios. Será un aporte cultural y ojalá prontamente científico con el descubrimiento de un antídoto.

Pero en esta recopilación de datos y hechos no puedo a pesar del dejar de nombrar a Baldomero Fernández Moreno, autor del poema famoso “Setenta Balcones y Ninguna Flor” abriendo una pregunta clave. ¿Qué les pasa a los habitantes de un gran edificio con setenta balcones y ninguna flor? ¿Odian el perfume, odian el color?  Y respondiendo: ¡Si no aman las plantas no amarán el ave, no sabrán de música, de rimas, de amor! ¡Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave! ¡Setenta balcones y ninguna flor!

¡Ojalá que los balcones y las ventanas después que pase el coronavirus sigan siendo una cita con la vida!

INVITADA
Martha Wolff
Escritora y periodista