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domingo 27 de septiembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Ser paloma mensajera.

Estábamos caminando por la calle BenYehuda de Tel Aviv. De esto hace muchos años. Fue en una de nuestros primeros viajes a Israel. Queríamos conocer todo. Cada lugar de la ciudad. Cada negocio y cada particularidad. Fue por 1972. Todo en esa calle era todavía una muestra de los primeros comercios instalados en la vieja Tel Aviv. Sus propietarios eran judíos provenientes de sthetls[1] o guetos. Con pequeños capitales habían soñado comerciar en una arteria importante de la ciudad que empezaba a despertar de su calidad de aldea a metrópoli. La competencia de la Avenida Dizengoff, paralela apenas a tres cuadras, era evidente. En ésa los negocios eran modernos, más audaces en sus vidrieras, aunque le faltaba años luz para ser una avenida en todo el sentido de la palabra. Tal vez sólo en escala lo lograba, por el despertar de Israel como país. La costumbre de ir de compras y sentarse en los cafés parisinos era de rigor, por la gran cantidad de europeos que llegaron a principio de siglo y le legaron esa tradición. El clima caluroso, también propició a tomar el consabido té o café con torta de queso, a la hora señalada.

A pesar de los negocios mal arreglados, con mercancías más bien tiradas o amontonadas, todo invitaba a revolver, por si aparecía algo rescatable, sumado a la práctica del deporte del regateo. El fin era comprarles a los judíos antes que a los árabes en el “Mercado de Jerusalem”. Pero, en Jerusalem era más atractivo porque tenía sabor a trasgresión. En Tel Aviv, esos comerciantes con aspecto de judíos mercachifles con espíritu ciudadano, despertaban lástima y simpatía a la vez. Entre polvo y anarquía se encontraban judaicas baratas para regalar.  Llevar de regalo un souvenir de Israel para los parientes era como llevar un pedacito de la “Tierra Prometida”. 

Mi esposo sentía placer al verlos, al hablar con sus dueños, averiguar de dónde habían venido, escuchar sus historias y de recibir de remate al finalizar la conversación, el orgullo que sentían de vivir en Israel. La pregunta que surgía matemáticamente después de ese acercamiento era porqué nosotros no hacíamos aliá[2] .

Entre el recorrido que iba de norte a sur y el regreso por el mismo, de sur a norte, por la vereda de enfrente, se me rompió un taco. Rengueando, seguí con Willi hasta encontrar un zapatero. Ese rubro, era el único del que junto a los cafés y sus instalaciones, sobresalían invadiendo la vereda. Para pasar delante de ellos había que rodearlos y así poder seguir un camino recto. Sus negocios de reparación de calzados eran como los bowwindows de ahora, como las mirpeset [3], los balcones que prolongan las viviendas sobre las calles, tan característicos por su frescura y por el aprovechamiento del espacio, al estilo de buhardillas.

El zapatero, que nos tocó en suerte, estaba sobre su molde de hierro clavando una suela. Nos preguntó qué queríamos sin levantar la vista. Le mostré mi taco y, por lo bajo, al mismo tiempo le comenté algo a mi esposo. Al escucharnos hablar en castellano, en ladino dijo que me lo iba a reparar. Nuevamente, se entabló una charla para averiguar de un lado y del otro sobre nuestros orígenes. Él hablaba ladino porque era de Esmirna y nosotros castellano porque éramos argentinos. Preguntó cuántos judíos había en nuestro país, si íbamos al templo, si comíamos kasher, cuántos hijos teníamos, en fin, la investigación típica entre un judío y otro. 

Casi amigos, cuando terminó su tarea le quise pagar, y me sorprendió al rechazar el dinero. A cambio nos pidió un favor. En su relato nos confesó que hacía treinta años no sabía nada de una hermana que vivía en Buenos Aires. Se habían peleado hasta la muerte y él la extrañaba. No quería morir sin verla. Quería reconciliarse y recuperar esa parte de la familia. El precio del taco era ir buscarla y contarle de nuestro encuentro. Le prometimos que lo haríamos y con un abrazo de hermanos nos despedimos. Guardé el papel. Mi esposo, sonriendo de satisfacción, me dijo: “Tenemos que cumplir esta mitzvá[4]”.

A los pocos días de nuestro regreso fui en busca de Rebeca Ashkenazi a cumplir esa misión. Vivía en La Boca. Ese barrio, según supe después, había sido lugar de una comunidad sefaradí. Ya en la calle señalada pregunté por ella porque había algunas viviendas sin numerar. Al primer lugar que entré fue a un almacén y el dueño enseguida me señaló la casa, agregando que la conocía. Aclaró que debía subir tres pisos. Era un conventillo, con ropa colgada en los patios y un bullicio de radios y televisores a todo volumen. Unos chicos que jugaban en la puerta, me miraron con curiosidad y decidí emprender mi odisea. A medida que subía pensaba con qué cuadro me iba a encontrar. Llegué a la puerta y observé el hamsa[5] que la decoraba, lo que me confirmó que estaba en una casa judía. No había timbre y golpeé para a anunciarme. Una voz de mujer me dio la orden de entrar. Al cerrar, una ristra de ajo con una cinta roja se balanceó ante el vaivén y el metal vibró junto a unas campanillas de bronce. La voz insistió con “adelante, aquí en el fondo”. Y una señora entrada en años y kilos me saludó. Con una cálida bienvenida me preguntó quién era. Antes de contestarle miré el puente de hierro negro de La Boca, a lo lejos, que parecía enmarcarla. Los barcos chatarra y los botes con sus mástiles en movimiento del Riachuelo atrajeron mi atención. Era un espectáculo que siempre había visitado y disfrutado desde abajo cuando a veces como turista en mi propia ciudad me paseaba en tierra de genoveses con casas de chapa y madera y pintadas de colores bajo la inspiración de Quinquela Martín. Pero desde esa atalaya, era la primera vez que experimentaba ver a La Boca.

Cuando me invitó a sentarme le conté el porqué de mi visita, de la promesa que le había hecho a su hermano y, a medida que relataba la historia, se fueron sumando a la escena varias personas que con ella vivían. Al finalizar, Doña Rebeca irrumpió un grito desgarrador. Repetía el nombre de su hermano como las lloronas en los velatorios, acompañada por sus familiares que levantaban los brazos como diciendo gracias. Lo habían recuperado. Treinta años lo habían esperado y había llegado a través mío, en un papel con su nombre, su dirección y su teléfono. Doña Rebeca, entre lágrimas y suspiros, me bendijo. Ya más calmada una de sus hijas me sirvió café a la turca, cuyo aroma se mezclaba con el olor nauseabundo que montaba del río. Y sin poder contenerse me detalló la razón de haber estado distanciados. La emigración de cada uno de los hermanos a nuevas patrias se debió al antisemitismo. El único que había llegado a Israel fue el zapatero. Esa profesión la había heredado de su padre, quien seguramente sin descansar en paz en su muerte, había logrado que los hermanos se reencontraran. Y nosotros, mi esposo y yo, habíamos sido los elegidos para esa misión.

Feliz y todavía asombrada de haber hallado en mi ciudad a ese pariente perdido en la primera ciudad judía del mundo, miré mis pies y me di cuenta que llevaba puestos los zapatos que el judío turco de Esmirna me había arreglado.

Regresé a casa y grité: “¡Mitzvá cumplida!  Willi, feliz, aprovechó para recordar también otro episodio parecido que le tocó vivir a mi suegro, lo que confirma que seguimos buscando como descendientes de “Las doce tribus perdidas de Israel” a nuestros hermanos. Fue cuando su padre, en un viaje, fue al correo a enviar una carta y el empleado le preguntó de dónde era. Mi suegro le respondió “de Buenos Aires” y él dijo que tenía un hermano sastre. Mi suegro le explicó que la mayoría de los sastres eran judíos y le preguntó cómo se llamaba; “Auberbach”, y mi suegro se abrió el saco y mostró la etiqueta de un Schneider[6] con el mismo nombre. Resultó ser su hermano. Y fue también una mitzvá traer algo para él. En general esa costumbre de llevar o traer regalos hacia o desde Israel, era la paloma mensajera o el mail personal entre familiares y amigos. Nosotros no fuimos la excepción y por un zapato cumplimos nuestra promesa.


[1] En idish, pueblitos.
[2] Significa inmigrar a Israel. Literalmente, aliá es subida.
[3] En hebreo, balcones cerrados.
[4] Buena acción.
[5] Mano con un ojo en el medio, símbolo en contra del mal de ojo,
[6] En idish. Sastre.

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora

EN ESTA NOTA: Martha Wolff Wolff Martha