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sábado 28 de noviembre, 2020
Invitado

MARTHA WOLFF. Shalom y Salam.

El milagro se hizo realidad. El desierto se convirtió en vergel. Eso es Israel. Hasta el reciente acuerdo de reconocimiento de relaciones bilaterales como amigos y no enemigos, los países árabes siempre envidiaron su existencia y su potencia.  El odio los dominaba porque conformaban el bloque musulmán contra el sionismo y la atacaron y acosaron, pero no pudieron vencer su fuerza y coraje para desafiar a la piedra y convertirla en flor, verdura, granosos y los frutos.  

A pesar de los beneficios que les dio el petróleo, que convirtieron en lujos orientales en la construcción en el desierto, para dejar al dromedario y transportarse en coches de lujo. Pudieron contratar a los arquitectos más prestigiosos, que con sus diseños de ciencia ficción, lograron levantar grandes y modernos edificios entre su mar azulino y sus abundantes palmeras. Pero nunca pudieron vencer a Israel por su concentración de inteligencia utilizada para defenderse, progresar, elevar el nivel educativo de los inmigrantes y aprovechar también sus saberes para coadyuvar a la adaptación al hogar eterno, que Dios les dio y que nunca olvidaron. Tampoco pudieron imitar los programas de desarrollo, cultura y progreso, que diseñaron para poblar esa tierra. Algo que los perturbó fue que los israelíes supieron ser fieles a sus creencias y derechos, a pesar de los maltratos que padecieron por las conquistas y las religiones que surgieron después, y que nunca les perdonaron a los judíos su inamovible fe. Tampoco les perdonaron que volvieran a la Tierra Prometida, la de los rezos mirando a Jerusalem, aunque sabiendo que hay una Justicia divina y una terrenal, que los iluminó hasta en los más oscuros días de persecución, cautiverio y muerte.

Los árabes, sobre todos los extremistas y fanáticos, dueños de un Dios propio, absoluto y exterminador de todo aquel que no profesa su dictatorial creencia religiosa, solo intentaron destruir lo construido, quemar lo cultivado, matar a los que se transformaron en límites humanos en sus kibutzim y moshavim, declararon guerras con su caudal de armamentos, pero les faltó esgrimir el nivel  de preparación militar y no de autómatas, para obedecer órdenes, de  poner la tecnología al servicio primero de la población y para la defensa.

Los árabes no terminaron de asombrarse de comprobar el convertir lo agreste y árido en fértil cuando se cultiva la tierra, ese despejar la arena para la siembra y para la cosecha. Que para llegar a ese estadio de rendimiento hubo que labrarla, regarla, cuidarla y verla rendir. Que no fueron los océanos inconmensurables de agua sus afluentes, sino el regadío por goteo. Y así cada gota como cada sabra y nuevo judío que llegó, para realizar el sueño de Teodoro Herzl, dieron vida a lo casi inerte, transformando lo imposible en posible, junto a dirigentes que fueron faro de luz para llegar a ser Israel el único país judío entre las naciones.

Y esto que me brotó del alma fue al recibir un video de los productos de Israel en los mercados árabes, que firmaron el acuerdo de no agresión, de ver los aviones de ambos aterrizar en sus respectivos países, donde el saludo Shalom y Salman que suenan a equidad y paz, de saber que el hebreo de Ben Yehuda se habla y se canta donde se habla árabe y que Adonai y Alá puedan rezar juntos, que los artistas ocupan el mismo escenario, que el futuro tiene la dimensión de un mundo mejor.

Como viñeta no puedo dejar de recordar, cuando en las puertas del gran emporio en Londres de Marc & Spencer, de dueño judío, las mujeres árabes compraban la ropa interior de excelente diseño y fabricación, quienes apostadas en las puertas vaivén de entrada y salida, con tijeras cortaban las etiquetas, para poderlas entrarlas a sus países enemigos de Israel. Ahora tanto en la intimidad como hacia afuera, los productos “made in Israel” se pueden mostrar con orgullo. 

INVITADA
Martha Wolff
Escritora y periodista

EN ESTA NOTA: Martha Wolff Wolff Martha