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martes 27 de septiembre, 2022
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Invitado

Martha Wolff. A la hora señalada.

Mañana es el Día K o sea que, a la hora señalada, será el alegato de acusación.

Esta acusación de corrupción es doble: por la ejercida por Cristina y & y por la justicia en minúscula. Esa que también fue comprada por la trama del poder, del engaño y estafa al pueblo argentino.

Mañana de acuerdo a lo que se dictaminé, por el análisis y pruebas de lo investigado, habrá alegría popular para los que no consideran pueblo a la oposición, que también lo es. Alegría no porque alguien caiga en desgracia si no porque termina el carnaval de una política disfrazada de beneficiar a los pobres a costilla de los que se enriquecieron de lo que les robaron.

Solo una mente perversa pudo haber engañado y arrastrado una comparsa de seguidores tan ambiciosos como ella para que todos bailen en su corso. Su máscara se fue cayendo de a poco a medida que las pruebas irrefutables intentaron bloquear e invertir el orden de víctima a victimario, o de jugar al fútbol, mientras ella era la dueña de la cancha. Igual que cuando se entierra la sardina, ceremonia con la que se anuncia el fin del Carnaval en diversos puntos de España, será un desfile que parodiará un cortejo fúnebre que  finaliza con la quema de alguna figura simbólica. Ceremonia de la cual fui testigo una madrugada en un pueblo en los que sus componentes ya agotados de tanta algarabía lucían agotados con los disfraces destartalados.

Mañana habrá dos tipos marchas: las que esgrimen el adoctrinamiento y las de la libertad de elección política.

Mañana se termina el subir a un escenario y culpar a los demás para engañar y tapar la verdad.

Los argentinos tienen una vieja lección de promesas y traiciones desde el balcón de la Casa Rosada para recibir a multitudes deseosas de encontrar líderes para mitigar sus falencias. A ese balcón se le agregó el “Patio de las Palmeras”, las columnas de jóvenes desde la Escuela de la Armada con un cotillón partidario costosísimo, los colectivos escolares convertidos en transporte de adherentes pagos a las marchas, los caminos adyacentes llenos de explosivos que administraban para anunciar que estaban en marcha y mucho más con el costo de grandes presupuestos negados a la Educación.

Me crié viendo pasar las marchas peronistas por la Avenida Rivadavia, de ida cantando, de regreso quemando basura y destrozando lo que había al paso. Lo mismo lo vivieron los de Avenida de Mayo y todo lo que es público, inclusive las calles usadas como baños, montañas de basura y pilas de botellas de bebidas alcohólicas. De los caminos de aprovisionamiento de combos y la choriceada perfumando las callecitas de Buenos Aires.

Mañana nadie se va a lavar las patas en las fuentes de “Plaza de Mayo”, atacar las piedras en memoria de los muertos por COVID y otras demostraciones entre acampe, insultos y amenazas. La Capital tiene lo que tiene, la provincia lo que le falta por los negociados de los políticos que supieron conseguir.

Ha llegado la hora en la que los argentinos sepan que son usados y que sean respetados.

Hemos visto y oído hasta el hartazgo a artistas del discurso. Mañana la señora no va a poder decir a los miembros que conforman el «Tribunal de Justicia de la Nación» que a ella ya la Historia, con mayúscula, ya la juzgó, para pasar a la eternidad como Eva Perón. Pero a ella se le murió su peroncito y se hizo sola el cuento, pero se acaboooooó.

Hoy es un deber recordar a Nisman que un día antes de demostrar el encubrimiento sobre el atentado a la AMIA, entre los que estaba a la cabeza la señora que mañana será juzgada, fue asesinado. A Alexis Panagulis en Grecia, que un día antes de mostrar la pruebas de los que iban a traicionar a la democracia que supieron conseguir después de una dictadura y estaban en el gobierno, fue atropellado y murió. Mañana el fiscal Luciani, más vivo que en sus anteriores brillantes alegatos, seguramente estará custodiado como una joya y no como un mafioso. Mañana un solo hombre podrá demostrar más que la maquinaria del robo y la mentira al Pueblo Argentino.

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EN ESTA NOTA: Martha Wolff