Santo en la Web y en la Red

24 de febrero, 2024

Martha Wolff. Los rugbiers que jugaron a perder la libertad.

“Ser joven no es ser dueño de la verdad, es ser un aprendiz social y un futuro militante de la ética al servicio la sociedad”

El asesinato de Fernando Báez Sosa  ha concluido con cinco condenados a cadena perpetua y tres a quince años de prisión. Fue, guste o no un  asesinato. Se trató de un grupo de desenfrenados que eligieron demostrar su accionar en cadena como respondiendo a un conjuro al mando de un cabecilla. La orden de no aflojar, de demostrar poder, de actuar, fue como si tuvieran que ganar un partido. Pero esa fidelidad se desmoronó y a partir de su omnipotencia juvenil cuando el día de la sentencia, se desmayó el que tuvo a su cargo el mayor ataque a  un joven como ellos que solo e indefenso, de pegarle hasta matarlo  y terminar siendo los ex amigos de una barra que se creyeron imbatibles, presos de por vida.

Esos jóvenes deportistas acostumbrados a demostrar dentro y fuera del juego su fuerza, su defensa ante que cualquiera que osara desafiarlos, encontraron la presa, Fernando, que en medio de tanta gente dentro del boliche, le bastó un tropezón o un empuje, para desatar la provocación con el típico patoterismo como reacción. Estaban mentalmente entrenados a ser los ganadores, los inviolables ante cualquiera que se les pusiera en el camino y el precio que tienen que pagar por una pelea ocho contra uno terminó en asesinato. Decirlo así es el resultado de un juicio que mantuvo en vilo al país que esperaba el veredicto de la Justicia. 

En  época de vacaciones  hay  ganas de divertirse y dejarse llevar por el placer del sol, la montaña y la playa, el sexo. Es tirar por la borda  obligaciones de horarios laborales o estudiantiles y entre los permisos el alcohol y la droga son parte del consumo. También la previa antes de ir a bailar es como abrir la puerta para ir a jugar más liberados. Villa Gesell fue el lugar en el que el desborde tuvo su cita.

Los videos mostraron en el juicio el salvaje ataque a Fernando. También fue verdad  que si alguien quiso detener el salvajismo con el que se ensañaron con él, los rugbiers no dejaron acercarse a nadie ante su soledad de presa y jauría a la que estuvo expuesto. Hubo autores y colaboradores y el resultado es cadena perpetua para los autores mayores y quince años a los colaboradores menores a su ataque.

Haber elegido la calle como escena del crimen solo fue asistida por una chica que sabía de salvataje,  que al retirarse el grupo a  cambiarse la ropa ensangrentada y a comer, porque después de matar tuvieron hambre y escrito tuits sobre lo habían hecho, le hizo respiración boca a boca para ver si lo podía recuperar, pero fue en vano.

Todo este desarrollo escénico por la frialdad con la que actuaron me hizo recordar a varios testimonios que dieron aquellos que tenían que obedecer en la guerra porque la orden era  matar o morir; o  como la morbosidad de los torturadores que confesaron que  todo era cuestión de empezar; o la frialdad de  los guardianes de los campos de exterminio que para ellos era un trabajo;  de la morbosidad de los violadores, en fin, de las miles o millones de maneras de sufrimiento al servicio de obediencia por ideas nefastas que consideran a sus oponentes enemigos. Pero estos ocho jóvenes convertidos en agresores, hijos de buena vida sin privaciones, con un mundo por delante, actuaron dejando liberados los instintos agresivos sin pensar en las consecuencias, en sus familias y en su futuro. El abogado defensor los asesoró para que se pusieran de pie, pidieran perdón habiendo sido tarde, muy tarde para devolver la vida a quien se la reventaron a patadas. A partir de ahora su casa será una celda, una prisión pasando los años a la sombra de un pasado que soñaron transformado en pesadilla.

INVITADA
Martha Wolff
Periodista y escritora

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